martes, 26 de agosto de 2014

Un discurso (9)

   Teruel fue siempre un pueblo muy liberal. Ya en el siglo XV opuso una tenaz resistencia a la Inquisición; y esta resistencia ha sido por mí estudiada en uno de mis trabajos más logrados. En el siglo XVI pleiteó con Felipe II recabando pretendidos derechos a participar en las libertades aragonesas; en el XVIII expulsó a los jesuitas, excediéndose en la forma de realizar este lanzamiento, pues los aguaciles levantaron a los padres en plena noche, echándolos de su residencia sin permitirles llevar consigo más que sus libros de rezo y unas pastillas de chocolate. En el primer tercio del siglo XIX sufrió la ciudad las consecuencias de la reacción de Fernando VII en la persona de don Isidro de Antillón, geógrafo notable y diputado en las Cortes de Cádiz, al cual se prendió sacándole de su casa, también en plena noche y hallándose gravemente enfermo. Por último, durante la segunda Guerra Civil sufrió un ataque de las tropas carlistas, que no consiguieron quebrantar la resistencia turolense, pero que costó poco más de media docena de muertos y otros tantos heridos.

   De este hecho se conservaba viva memoria cuando yo llegué a Teruel. Se perpetuaba ésta en el escudo de la ciudad, en el que al Toro y la Estrella de su signo heráldico se le había agregado cuarteles de significado bélico (tambores, banderas, granadas...) orlando el todo con los títulos de Muy noble, Muy leal, heroica y siempre heroica Ciudad de Teruel, aunque por lo que a mí me contaron testigos presenciales. La cosa no había sido para tanto. Aún vivían en la ciudad tres o cuatro cojos con su pata de palo, reliquias de la gloriosa jornada, que se conmemoraba todos los años con una procesión cívica en la que salían a relucir chisteras despeinadas y levitas verdinegras oliendo a naftalina.

   Esta procesión era muy notable. Se formaba en el Ayuntamiento y los concurrentes se alineaban en dos filas, a derecha e izquierda de la calle. Por el centro iban espaciadamente los representantes de las corporaciones llevando coronas y en este orden salían de la Casa de la Ciudad, iban a la plaza por la calle de los Amantes, y desde la plaza se encaminaban por las calles y vericuetos en los que la lucha había tenido sus episodios más salientes. Luego se llegaba a la plaza de la Comunidad, que, naturalmente, había perdido ese nombre y se llamaba plaza de la Libertad y allí ante un monumento bastante vulgarote, se depositaban las coronas, pronunciando unas palabras más o menos dilatadas el que había sido su portador.

   Antes asistía el clero, entonándose un responso por el alma de los caídos en la gloriosa jornada, pero dieron algunos oradores en excederse verbalmente, el obligado canto a la libertad se comenzó a convertir en invectiva contra la religión y en invectivas contra el clero, y el Obispo retiró al clero de la conmemoración.

   Se armó la marimorena. Manifestaciones, silbidos y hasta pedradas contra el palacio episcopal. El Obispo marchó de la ciudad, se estableció en Gea de Albarracín y no volvió por Teruel aunque muchos se lo rogaron.

   Fue también muy notable el final de la procesión en uno de los años de la Dictadura. La Unión Patriótica, a falta de cosa mejor, había nombrado alcalde a un tonto de los de tipo impulsivo y era costumbre que la procesión, desde el monumento a los héroes de la libertad se dirigiera al Ayuntamiento, donde el alcalde, desde el balcón, pondría fin a la conmemoración con un discurso. Don Aniceto, que tal era el nombre del alcalde, aunque como tal pertenecía a la Unión Patriótica, era republicano y no se le ocurrió cosa mejor que la de rematar su férvida peroración con un ¡Viva la República!

   La Banda municipal, estacionada al pie del balcón, atacó las notas estoniles del Himno de Riego, seguida de la Marsellesa ante lo cual el gobernador civil, que era militar (¿Guardiola?), se lanzó al balcón y tiró la gorra contra el director de la banda, haciendo callar la música.

   En una de esas conmemoraciones me correspondió a mí, como miembro más joven de la Junta directiva, llevar la corona del Casino Turolense.

   Pasé toda la procesión desasosegado. No sabía qué decir al depositar la corona. Además me sentía como incapacitado para ordenar mis ideas, si las hubiera tenido, pues la corona, que ya llevaba muy cerca de tres cuartos de siglo de vigencia, pues era la misma de la primera conmemoración, estaba apolillada, y al menor revuelo del aire, sus plumas se desprendían y salían volando.

   Por fin solté mi discurso.

   Dije lo que fuera, pero la realidad es que no lo sé lo que dije. La cuestión fue que mi discurso se vio subrayado por estrepitosos silbidos y hasta me parece recordar que por el lanzamiento de algunas piedras. Salí de allí rodeado de unos cuantos amigos que acudieron a protegerme. Y recuerdo, en fin, que por la noche se presentó en mi casa el presidente del Círculo Tradicionalista para felicitarme por mi valentía.

   No se me tache de machacón, ni reiterativo: palabra de honor, no sé lo que dije.


  Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario