martes, 19 de agosto de 2014

El retablo de Albentosa (7)

   Teruel vivió tres años de auténtica francachela. Había llegado a su alcaldía Pepe Torán, un ingeniero inteligente  y entusiasta, que se propuso transformar la ciudad, aprovechando el paso de Carlos Castel, muy ligado también a Teruel, por la Dirección General de Obras Públicas. Por procedimientos no siempre administrativamente ortodoxos una verdadera riada de dinero se volcó sobre la provincia. Se hicieron evidentes las mejoras pero, al margen de éstas, fue inevitable que se cayera en el despilfarro y en la fantasía. Torán decía de buena fe que la posición geográfica de Teruel era excepcional y que podía hacerse de ella un nudo de comunicaciones, al que fueran a converger todas las vías del tráfico del oriente peninsular.

    Medio en serio y medio en broma, desarrolló esta idea en una conferencia que pronunció en el Teatro Marín, y a la que tituló nada menos que Teruel centro del Mundo, con abundancia de argumentos en los que no faltaban, como fácilmente se comprende, las paradojas y las fantasías.

    Esta conferencia la glosó don Gregorio Montesinos diciendo que su idea central era la misma que tenía su criada con respecto a su pueblo, pues afirmaba la doméstica que era muy importante, ya que se encontraba en medio de todos los pueblos que estaban a su alrededor.

    El hecho fue que se derrochó mucho dinero y entre los estrépitos del derroche fue número sensacional la celebración de unos Juegos Florales (frutales los llamó el deán) mantenidos por Ortega y Munilla; estrenándose un Himno  a Teruel, compuesto y dirigido por su autor, el propio maestro Bretón y actuando como reina la esposa de Pepe Torán, dama de singular hermosura y de prestancia auténticamente regia.

    En la corte de honor figuraban diez preciosas muchachas representando diversas regiones españolas y vestidas con los trajes tradicionales de cada una de ellas. No figuró Extremadura. Porque yo no pude consentir que me enviaran un traje de Montehemoso y me negué a que llevaran uno de la provincia de Badajoz, naturalmente.

    Para todas las fiestas se contaba en Teruel con un elemento de ideas múltiples y movilidad extraordinaria, Víctor Sola, hombre polifacético, ingeniero, autor dramático, organizador de tómbolas y de exposiciones y que tenía una habilidad para movilizar a las gentes.

   Se invitaron a los Juegos Florales a todas las personalidades de relieve, no sólo de la provincia, sino de toda la región; y entre ellos, como es natural, a los representantes en Corte; y como don Elías era senador por las Sociedades Económicas de Levante, entre las cuales estaba Teruel, acudió también al festejo.

   Estuvo en casa tres o cuatro días dando lugar a que Carlota, mi mujer, luciera sus primores culinarios y que tanto él como yo lo pasáramos estupendamente, pues salvo el tiempo que le ocupaban sus obligaciones representativas, nos dedicábamos, acompañados por el Deán, a recorrer las iglesias y monumentos, llamándome la atención sobre detalles que yo no había conseguido descubrir. Una mañana, en la iglesia del Seminario, nos dio una lección sobre el barroco, que yo no he olvidado jamás.

   Fuimos en otra ocasión a ver el "Cristo de las tres manos" que se venera en la iglesia de El Salvador. Es éste una efigie del Crucificado, que pudiera ser atribuida al siglo XV y que muestra la peculiaridad o rareza de que además de las dos manos fijas al madero, presenta otra, sin brazo, adherida a uno de sus costados. Se han lanzado muchas hipótesis sobre el particular, siendo la más corriente, aunque a mí no me convence demasiado, la de que la efigie perteneció a un grupo, una de cuyas figuras (¿San Francisco?) la tenía abrazado por el torso.

   Quiso don Elías ver la imagen de cerca y, siguiendo su costumbre, se encaramó en el altar, contemplando la escultura durante largo rato y al bajar, cuando esperábamos que nos dijera algo sobre la obra de arte, se limitó a contestar:

   - Ya he visto algo que le sienta a un Cristo mucho peor que las dos consabidas pistolas.

   - ¿Qué? -le preguntamos.

   - Esos dos ramos de flores de papel que tiene a derecha e izquierda.

   En efecto, flanqueaban la imagen dos floreros enormes con sendos ramos de papelón de lo más nefando que pueda imaginarse.

    Don Elías se dio cuenta de mi situación en Teruel. Vio los trabajos que estaba realizando en los en los archivos, las notas que tenía sobre edificios, retablos y pinturas y los descubrimientos que había realizado de nuevos nombres de artistas.

   - ¿Por qué no prepara oposiciones para salir de aquí?

  - No estoy en condiciones para hacerlas. Solamente sé de Arqueología, y ahora, como consecuencia de este trabajo, voy adquiriendo mucha práctica paleográfica; pero no creo que baste con esto.

   - Con mucho menos van otros.

   - Sí. Ya lo sé; pero unas oposiciones, desde un rincón de provincias son muy difíciles de preparar. Faltan elementos instrumentales, dirección, información y muchas cosas más.

   - De todas maneras, debiera usted intentarlo.

   Aquella noche soñé por primera vez con mi carrera universitaria, sueño que no se convirtió en realidad sino veintidós años después, a costa de trabajos y desengaños, de los que reaccionaba siempre con un ánimo y un optimismo sorprendente.

   - ¿Cómo se puede ir a Albentosa? - me preguntó don Elías.

   - En el tren hasta la estación de Mora -respondí- y desde allí por sendas (entonces no había carreteras) bordeando un monte hasta Albentosa.

   - Allí hay un retablo que me gustaría ver.

   - Pues tomamos el tren de madrugada -propuse.

   No fue necesario, pues unos amigos que iban al día siguiente a Mora se ofrecieron para llevarnos en su coche. Ellos nos dejarían en la estación de Mora continuando después hasta el pueblo y nos recogerían para regresar en la misma estación al atardecer.

   Cuando llegamos a la estación de Mora un campesino nos indicó la senda que conducía a Albentosa. Había que andar algo más de tres kilómetros, pues el camino bordeaba la falda de una montaña, tras la cual estaba el pueblo. Don Elías dando traspiés sobre los pedruscos, con las manos atrás, caminaba rápidamente. Yo llegué al pueblo molido, y después de buscar al cura, misión que me encomendaba siempre el maestro desde que era estudiante, no más entrar en la iglesia, me senté en un sillón del presbiterio, decidido a no moverme de allí ni aun por todas las pinturas cuatrocentistas que hubiera en el mundo. Hasta creo que intenté dormirme un poco; pero don Elías comenzó a charlar por los codos de la Escuela Valenciana y de la influencia de Lorenzo Zaragoza y Marzal de Saz sobre Maese Pere Nicolau, el autor del retablo de Albentosa, y como allí había algo que aprender, sacudí mi modorra y me dispuse a seguir la explicación, que interrumpió el maestro para decirme:

   - ¿Donde vamos a comer?

   - ¡Ah! pues no sé. Yo no conozco este pueblo. Se lo preguntaré al mosén.

   El cura estaba en la puerta tomando el sol y esperando que acabáramos para irse también a comer. Me indicó una casa en la que solían dar comida a los escasos forasteros que recalaban por aquel lugar; pero la mujer que me recibió se puso muy asustada ante mi pretensión asegurándome, por Dios y por todos los santos de la Corte Celestial, que en su casa no se daban, ni se habían dado nunca, comidas, y que no encontraría a nadie en el pueblo que lo hiciera.

   - ¿Pero es que aquí no hay ninguna posada?

   - Qué posada quiere usted que haya en un pueblo como éste, si aquí no viene nadie.

   Me volví a la iglesia y conté al cura lo que pasaba.

   - Espere -dijo el sacerdote-, Voy a ver si lo arreglo.

   Y volvió al poco rato diciéndome que podíamos ir a comer en aquella casa.

   - ¿Por qué se negó antes? -pregunté.

   - Porque esta mañana, al verlos a ustedes por el pueblo se corrió la voz de que habían llegado dos inspectores de Hacienda, y como aquí nadie paga contribución de hospederías, temieron que les fuera impuesta una multa si los sorprendían dando de comer a forasteros.

   Dejé en la iglesia al maestro que estaba entretenido en impacientar al cura, pues había descubierto un cuadro de ánimas en el que había unos diablos cazando almas, que sin duda merecían más penas y entre estos espíritus del mal el pintor había representado un demonio ictifálico con un realismo fiero e insolente.

   Marché a la casa para ajustar el menú. La mujer se excusó de su anterior mentira y me dijo que podía darnos perdiz estofada, pues "su hombre" había matado tres con el reclamo la tarde anterior y que cuantas queríamos
.
   - Pues ya lo sabe usted -dictaminó don Elías-. Como en Alcántara. Para dos perdices, dos.

   Y es que en Alcántara habíamos pasado por una experiencia semejante, en excursión en la que nos acompañó Moreno Villa siguiendo las huellas del Divino Morales.

   Comimos por fin, aunque un poco tarde, porque don Elías se entretuvo en ordenar sus notas sobre Pere Nicolau. Pero comimos bastante bien. Nuestra huésped resultó ser una mujer muy simpática, que se excusó como pudo de su primera negativa y al saber a lo que nos dedicábamos nos enseñó dos o tres fuentes de cerámica turolense bastante buenas y que yo me quedé con ganas de comprar.

   - ¿Vuelven ustedes a Teruel? Preguntó la mujer.

   - Sí.

   - En el tren  de la noche?

   - No. Nos esperan unos amigos con un auto en la estación de Mora. Tenemos que hacer un buen rato de camino.

   - Según por donde vayan.

   - Pues por la senda; por donde hemos venido.

   - Rodeando el monte?

   - Claro. ¿Por dónde si no?

   - ¿Y por qué no se meten ustedes por el túnel del ferrocarril minero de Ojos negros? Si rodean ustedes el monte, tardarán más de hora y media a llegar a la estación, mientras que por el túnel, estarán allá en unos diez minutos.

    - No hay peligro?

   - No, si van ustedes pronto. El tren pasa por el túnel a las tres y media, ahora son las tres menos cuarto. A las tres, aun yendo despacio, pueden estar ustedes en la entrada del túnel y a las tres y cuarto fuera; y quizá en la misma estación posiblemente antes de que el tren entre en el túnel.

   Don Elías se estaba comiendo con toda calma su tercera naranja, sin intervenir en la conversación.

   - No me atrevo -dije-, Es más seguro la vuelta por el monte, aunque tardemos hora y media.

    Por fin, mientras mondaba la cuarta naranja, y sin alzar la vista de la operación, el maestro sentenció:

   - Iremos por el túnel.

   Yo me aterré. Pagamos la cuenta, que a pesar de las perdices (y fueron tres) no subió a doce pesetas, y emprendimos la marcha. La mujer salió a la puerta de la casa para señalarnos la entrada del túnel que desde allí se veía a unos trescientos metros de distancia.

   Tímidamente aventuré;

   - Es muy tarde. ¿Por qué no vamos por la senda?

   - Ande, no me sea cobarde. Pasaremos antes de que llegue el tren. No hay que achicar el ánimo. Después de ver un retablo como el de Maese Nicolau y de comernos tres perdices como tres pavos, hay que tener más valor.

   Yo no creía que tuviera que ver lo uno con lo otro: pero eché a andar tras don Elías, que al salir al campo, comenzó a marchar muy "gerineldo", mientras que tarareaba la Cabalgata de las Walkirias.

   A ese ritmo, pensé que era muy posible que pasáramos el túnel antes de que llegara el tren. pero cuando ya estábamos a la entrada del agujero, al maestro me mandó que esperara y se fue cuesta arriba, trasponiendo unas peñas, oculto por las cuales, se encucliyó.

   - Pues sí que se le ha ocurrido la cosa con oportunidad - me lamenté-. y ya son las tres y cinco.

   Le pedí a Dios que tardara y así podría quizá convencerle de que fuéramos por la senda que arrancaba, precisamente, en aquel mismo lugar, pero regresó pronto animándome:

   - ¡Hale! ¡Adentro!

   - ¿Por que no esperamos a que pase el tren? -propuse francamente acobardado.

   - Porque después -me explico don Elías- en menos de una hora no podríamos entrar en el túnel a causa del humo.

   Comenzó a avanzar dentro del túnel, de traviesa a traviesa, a grandes zancadas y sin dejar de hablar. Me fue enumerando todos los túneles que había atravesado, con pelos y señales, con las fechas de su construcción y, para animarme, hasta me relató las catástrofes que en alguno de ellos habían ocurrido.

   - Ande, don Elías. No pare.

   - No; si no me paro. Es que aquí falta una traviesa.

   El orificio de la salida parecía agrandarse conforme avanzábamos, y la luz del exterior hacía brillar la superficie pulimentada de los rieles. Empezaba yo ya a respirar más tranquilo cuando sentimos el estrépito del tren que se acercaba. Echamos a correr hacia el ensanchamiento de la boca del túnel y apenas si tuvimos el tiempo de aplastarnos contra el muro. Cuando el tren desapareció, don Elías estaba arrimado a la pared, desternillándose de risa. Yo casi no podía moverme del susto. Me recobré al fin y a buen paso comencé a remontar la cuesta que se iniciaba en la boca del túnel.

   - ¿A dónde va usted? -me preguntó el maestro.

   - A hacer a la salida del túnel lo mismo que usted hizo a la entrada, pero con más urgencia -respondí.

   Al regresar, me encontré a don Elías sentado en una peña, comiéndose la quinta naranja, que había sustraído sin duda del frutero de nuestro huésped.
   

Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.


 
Nota de Turoliense: El retablo gótico de la Virgen de los Ángeles, obra atribuida a Pere Nicolau en el siglo XV, fue desmontado en 1936 y desapareció.



aun2014



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