sábado, 5 de julio de 2014

La Llegada (1)

    En Calatayud subo al departamento de primera clase de un vagón del Ferrocarril "Central de Aragón", que recorre la distancia entre esta ciudad y Valencia. El departamento es presuntuoso y viejo. Está tapizado de arriba abajo con un peluche rojo y desgastado que defiende las calvas de los respaldos con una especie de lona que ha recibido y conservado la huella seborreica de varias generaciones. Aun en su estado de cochambrosa suntuosidad, evoca con una cierta fuerza el departamento del expreso, que protagoniza el ripioso poema campoamoriano.

    Es la alta madrugada y hace un frío intenso, sólido y cortante y yo me arrincono junto a una de las ventanillas para contemplar el paisaje en la amanecida, que ya comienza a dibujarse en la neblina.

    Monreal, Caminreal, Calamocha, Santa Eulalia...

    Campos áridos y grises interrumpidos por las vegas en las que se estremecen de frío las choperas y llanadas en las que crecen bajo la helada los yerbazales ateridos.

    Tres horas de viaje y al fin se entra en Teruel, en las que las aguas rojas del Alfambra se mezclan con las cristalinas del Guadalaviar, formando el Turia o río de Teruel, cuya vega ya anuncia en estos parajes la feracidad de la huerta valenciana. Tímidamente aparece el sol tras los montes de los aljezares, y sus rayos oblicuos inciden sobre la lacería blanca y verde de los azulejos que enjoyan las torres de San Martín y el Salvador, torres que destacan bellamente sobre un celaje limpiamente azul.

    Teruel no es Aragón.

    Digo esto lleno de temor, porque al decirlo, doy serios motivos para que se me atribuyan manías secesionistas. Ya afirmé, en efecto, y a costa de muchas animadversidades, que Cáceres, y menos Badajoz, no son Extremadura, que las verdaderas Asturias o tierras de los Astures, que son las de Asturias de Oviedo, se concretan histórica y geográficamente al territorio comprendido entre el Navia y el Sella, empezando en el Navia hacia el oeste el territorio Galaico y desde el Sella hacia el este, la tierra de los Cántabros; y si ahora niego que Teruel sea Aragón, la cosa, aparentemente por lo menos, presenta caracteres obsesivos.

    Y sin embargo es así.

    Cuando en el año 1140 Alfonso II de Aragón conquista la tierra de Teruel, entre Calamocha y Segorbe de norte a sur, y desde la Tierra Baja hasta Albarracín, de este a oeste, se forma en este territorio, así delimitado, una entidad autónoma que se denomina Comunidad o Universidad de Teruel y sus aldeas, con Fuero propio, y aunque formaba parte del Reino de Aragón, no estaba sujeta a sus leyes generales de dicho reino. El mismo rey Jaime I, nos dice en su Crónica, al escribir el itinerario entre Valencia y Zaragoza: "Y saliendo de Teruel, entré en Aragón". Y más adelante, en el siglo XV, un jurista afirma: Qui natus est in Turolio nonest in Aragonia natus, sed in Serranía; y aun en el XVI, Felipe II, escarmentado por las granujadas de Antonio Pérez, hizo redactar un "Memorial ajustado" para separar a los turolenses de los Fueros Generales de Aragón.

    Pero lo curioso es que los ciudadanos de la Ciudad de Teruel y de la Comunidad de sus aldeas estuvieron muy cerca de cuatro siglos jugando con dos barajas, acogiéndose a los Fueros Generales de Aragón, cuando esto les era más beneficioso, lo que alegaban en cada caso con el espíritu sutil del valenciano y defendían con toda la obstinación aragonesa.

    Naturalmente nada de esto (Dios me libre) se podía decir en Teruel, porque este territorio y sobre todo la capital se sienten muy aragoneses indisolublemente ligados al Aragón histórico, que mima y acaricia estas ásperas tierras con fraterna solicitud.

    Teruel se aferra a su aragonesismo, principalmente porque fue poblada por gentes aragonesas que, juntamente con los moros que no quisieron abandonar la Muela en la que se alza la ciudad después de la conquista, integraron toda su personalidad como población. Lo que el turolense no quiere en manera alguna es ser valenciano, pues con esos odios celtibéricos que engendra la proximidad entre poblaciones, el valenciano odia al turolense al que llama churro y el turolense desprecia al valenciano al que llama llanda, sin que hasta el presente haya yo podido averiguar ni la etimología ni el significado de ambos dicterios, estando estos sentimientos tan arraigado en todo el territorio, que ni aun el enclave del Rincón de Ademuz, que administrativamente pertenece a Valencia pero que está incrustado en la provincia de Teruel, quiere ser valenciano.

    Huesca, Zaragoza y Teruel forman hoy (ya desde el siglo XVI) una unidad político-geográfica compacta, unida y españolísima, mantenida con esa tozudez racial de la que el aragonés hace gala, quizá un poco exagerada y a veces un poco impertinente. Hay allí un sano regionalismo, pero no separatismo. Solamente el profesor Moneva, uno de esos seres que para alardear de sabios suelen cultivar la estrepitosidad, decía en ocasiones que su mayor ilusión sería morir de carabinero en la frontera de Ariza. Pero Moneva era (dicho con perdón) un culo de mal asiento, que protestaba por todo con estrépito en la protesta, con un afán incontenible de singularizarse, recurriendo para ello a las más extrañas resoluciones. Cuentan de él que en cierta ocasión, habiendo reñido con el arzobispo de Zaragoza, se mudó de la casa en que vivía en esta ciudad a otra de la parroquia de Santa Engracia, parroquia que, por una de esas anormalidades tradicionales de la división eclesiástica, pertenecía a la diócesis de Huesca.

    De este modo don Juan, en lo eclesiástico, pasaba a ser súbdito del prelado oscense y se extrañaba del Cesaraugustano.

    Zaragoza, Huesca y Teruel suelen manifestar su solidaridad regional realizando actos que se denominan de "Afirmación Aragonesa" y que consisten en reuniones de las tres provincias en la capital de una de ellas, celebrando festejos, reuniones de trabajo, banquetes y conferencias, exponiendo las aspiraciones de la región y exaltando la fraternidad que unía a las tres provincias. Ello se reflejaba luego en gestiones conjuntas ante los poderes centrales, gestiones que solían dar muy buenos resultados.

    En el año 1925, estando yo en Teruel, se celebró uno de estos actos, que fue cordial, brillantísimo y entusiasta sobre toda ponderación: pero no puede decirse sin embargo que se cerrara con el consabido broche de oro que es de rigor en los finales apoteósicos de los acontecimientos triunfales.

    Se juntaron en el Teatro Marín para la celebración de un festejo final, las tres provincias representadas por sus autoridades civiles, militares y eclesiásticas y hubo jotas a todo tirar, cantadas por un mozo de Huesca, una moza de Torrero y otro mozo de Cella. Sonó una vez más la Campana de Huesca; la Virgen del Pilar nos repitió aquello de "que no quiero ser francesa" y se ensalzó la fidelidad romántica de los Amantes. Bailaron varias parejas y para final se hizo la representación de un número realmente sensacional. Era una rondalla de seis bandurrias, seis guitarras y dos guitarricos, que habrían de acompañar las coplas de un cantante excepcional: un chiquillo de apenas ocho años que cantaba jotas con una voz, una entonación y un sentimiento sorprendentes, que en la emisión del crescendo y los sobreagudos alcanzaba tonalidades prodigiosas.

   Entró la rondalla en el escenario ordenándose en semicírculo. Templaron sus instrumentos y al aparecer la criatura prodigiosa sobre las tablas, estalló la ovación más estruendosa que se puede imaginar. Los obispos, los alcaldes, los presidentes de las tres diputaciones provinciales, toda la concurrencia en suma, puestos en pie, aplaudían con clamor. Aquella figurilla frágil, pero graciosamente desenvuelta, atraía con incontenible simpatía. Vestía a la aragonesa, con el traje clásico de baturro, calzón corto, sin chaqueta, chaleco abierto sobre la faja, y ciñendo la frente, el pañuelo atado típicamente como muy bien cuadra al tocado del baturro.

    Sonó el rasgueado sonoro y enérgico de la jota y el chiquillo rompió a cantar. Eran estrofas bravías de un patriotismo fiero y de una religiosidad desafiante y a veces hasta agresiva; pero siempre de una energía y de una pujante belleza, que el chiquillo modulaba magníficamente sobrevalorizando hasta un límite las modulaciones. Parecía inverosímil que aquella figurilla pudiera emitir y sostener notas tan elevadas y que a veces éstas se deslizaban con un sentimiento realmente conmovedor.

    Una jota tras otra, multiplicando temas y variados estilos. Cada copla era premiada con una ovación que superaba en estruendo a las anteriores y que se anunciaba el final con la frase "esta va por despedida" con la que los joteros ponen punto a su actuación en las rondallas, el público puesto en pie, reclamaba otra y otra, cada vez con mayor clamor.

    El chiquillo no sabía ya qué cantar; se le había agotado ya el repertorio y miraba a derecha e izquierda buscando una solución. Pero como el estrépito arreciaba hizo una seña a los de la rondalla que sorprendidos, rompieron a tocar, creyendo que el muchacho iría a repetir una de las coplas ya cantadas. Pero el chico, con la mayor naturalidad, ingenuamente cantó:

       "Nunca acabarán, señores,
       los males de los obreros
       mientras manden en España
       la monarquía y el clero".

   Carcajadas estrepitosas en el patio de butacas, ovación estruendosa en las alturas y arrastrar de sillas en las plateas de las autoridades...

    Y sin embargo, aquella última copla era la jota verdadera, la entrañable, la no aprendida para las circunstancias, la reveladora del sentimiento del medio en el que el chiquillo vivía, y que, inocentemente, de un modo automático, repitió sin darse cuenta de lo que decía.

     La divagación ha sido larga, y no estamos seguros de que sea del todo pertinente. Perdón por todo ello y volvamos a las impresiones de mi llegada a Teruel.

    Un coche desvencijado tirado por dos caballejos esqueléticos, remonta penosamente la Cuesta de San Francisco, y me lleva como único viajero hasta el rellano del Óvalo donde se encuentra el Hotel Turia, único a la sazón existente en la ciudad, y el Ministerio de Información y Turismo se vería hoy en grave aprieto para adjudicarle el número de estrellas que le corresponden en la clasificación. Porque el Hotel Turia no es ni bueno ni es malo; es como es y como ocurre con todos los objetos que ontológicamente son reales toda su realidad se agota en su ser.

    Toda la parte anterior la ocupa un comedor amplio y bien ventilado, con balcones que se abren sobre el mencionado paseo del Óvalo que es un rellano formado por el adarve de la antigua muralla. Del comedor parte un espacioso pasillo, a derecha e izquierda del cual se abren las habitaciones. No hay en éstas timbre de llamada, y por encima de cada una de las puertas aparece un enorme muelle con espiral, a cuyo extremo va una campanilla, haciéndose las llamadas mediante una cuerda que se pulsa desde el interior de los cuartos. La oscilación del resorte indica de qué habitación parte la llamada.

    Todos los cuartos están convenientemente numerados, menos uno que promedia el pasillo a la derecha, y que en lugar de número tiene sobre la puerta un letrero que dice simplemente "Aquí es", brindando de este modo hospitalidad al huésped que recorriera el pasillo acuciado por una urgente necesidad.


    Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.



 

miércoles, 2 de julio de 2014

Los Almogávares 1302-1313


Los Almogávares


A principios del siglo XIV, época de la pujanza de la Casa de Aragón, señores de Nápoles y Sicilia en Italia y potencia de primer orden en la Europa de la época.

Por ese tiempo se disputaban Sicilia los dos hermanos Jaime II y Fadrique, hijos de Pedro III de Aragón. Al morir este rey dejó a D. Jaime el reino de Sicilia, con todas las conquistas de Italia, y a su primogénito, Alfonso III, los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia; pero muerto este último, D. Jaime cogió la corona aragonesa y D. Fadrique la siciliana.

Mas intereses de Estado pusieron a mal a los dos hermanos, y Jaime trató de traspasar al papa la corona de Sicilia.

Lo difícil en este plan era que el infante D. Fadrique no se hallaba dispuesto a obedecer. Como el papa y él no pudieron entenderse, todo parecía indicar un rompimiento. En una entrevista que tuvieron ambos, el primero dijo al segundo: "Bien se conoce, gentil mancebo, que desde niño estáis acostumbrado a llevar el peso de las armas".

Acompañaba en esta entrevista al príncipe el famoso capitán Roger de Lauria, que por mar y por tierra había conseguido singulares triunfos para las armas de Aragón. Por desgracia para D. Fadrique, este capitán le traicionó, ayudando al papa y al rey aragonés en la cuestión siciliana.

En esta campaña intervienen por primera vez unos aventureros extraños: los almogávares. 

Iniciada la guerra entre los dos hermanos, el ejército de los aliados (del papa y del rey de Aragón) puso sitio a Siracusa que hubo de alzarse por la valerosa defensa de los sitiados. Entonces Roger de Lauria desembarcó sus almogávares en el cabo Orlando, y tras sangriento combate vencieron a los sicilianos.

Don Fadrique, aunque vio que sus enemigos se apoderaban de las primeras plazas del reino, siguió la guerra, sostenida de la otra parte por la tropa de Roger de Lauria. Favorable fue la suerte de las armas unas veces al primero, otras al segundo. Cansados de guerra tan larga y desastrosa, hízose la paz, estipulándose que D. Fadrique sería rey de Sicilia durante su vida (Tratado de Caltabellota, 24 de agosto de 1302).

Dada Sicilia a D. Fadrique, los almogávares que habían militado en uno y otro bando quedaron de más en la isla, habiendo cesado la guerra. Roger se retiró a su condado en Cocentaina (Valencia), donde murió en 1305.

Aquél puñado de aventureros por su parte, eligieron por general al almirante Roger de Flor, y dejándose llevar por éste, partieron a ofrecer sus servicios a Andrómico Paleólogo, emperador de Constantinopla, muy combatido por los turcos que se enseñoreaban de sus estados del Asia Menor.

Digna de grabarse en mármoles y bronces es la expedición de catalanes y aragoneses al Oriente.

El nuevo jefe de los almogávares, Roger de Flor, era hijo de una italiana y de un capitán alemán, y asoció a su mando a Berenguer de Entenza, soldado aragonés.

Los Amogávares.- Tal era el nombre que se daba a la pequeña hueste española. Estaba compuesta por mercenarios catalanes, aragoneses y sarracenos, y su número era variable. Se alistaban por compañías, y cada una de ellas estaba a las órdenes de un caudillo llamado adalid. El grito de guerra era ¡Desperta, ferro!

Las armas eran dardos arrojadizos, una azcona ceñida al cuerpo con una cadena para arrojarla y poderla recoger, y al cinto un cuchillo o puñal. llevaban cabello largo y despeinado, la cabeza cubierta con una redecilla de alambre y vestían una especie de camiseta atada a la cintura por una ancha correa, completando su tocado unas abarcas de cuero.

Ocho mil de éstos hombres fueron los que con Roger de Flor llegaron a Constantinopla el año 1303.



    
Apenas desembarcaron, los ricos mercaderes genoveses de Constantinopla se burlaron de la extraña indumentaria de los almogávares. Estos arremetieron contra ellos e hicieron una matanza de los burlones, e intimidado Andrónico con tan terribles huéspedes se apresuró a embarcarlos para Asia.

Llegan los almogávares a la Anatolia, y en el primer encuentro matan más de 5.000 turcos y hacen cientos de prisioneros.

Envidioso Miguel, hijo de Andrónico, de las victorias del general de los almogávares, mandó asesinar alevosamente a Roger de Flor, en ocasión que éste fue a visitarle en Andrianópolis, acompañado de 30 caballeros.

Era Roger, al decir de los historiadores, de semblante áspero, de alma ardiente y tan liberal, que con sus dádivas se granjeó muchos y buenos amigos. Entre sus voluntarios figuró Ramón Muntaner, cronista de expedición tan famosa.

Un ejército trató de sorprender a los españoles en Gallípoli; pero Berenguer de Entenza se hizo fuerte en el arrabal. Dejando luego la gente allí, a cargo de Berenguer de Rocafort, el de Entenza salió a retar al emperador Andrónico; llevó la guerra hasta las mismas puertas de Constantinopla y destrozó un ejército de desembarco mandado por el hijo del emperador. Unas galeras genovesas fingieron causa común con Berenguer de Entenza; mas cuando éste dormía en la nave capitana fue hecho prisionero y pasados a deguello más de 200 almogávares.

Los españoles, al mando de Rocafort y Jimeno, tomaron de los griegos venganza cumplida, hasta el punto que aún en Oriente se habla por antonomasia de la venganza catalana.

Rocafort se dispuso a vengar ahora la muerte de Roger de Flor y la prisión de Berenguer de Entenza.

Hizo un estandarte con la imagen de San Pedro, y enarbolando la bandera de San Jorge, con armas reales de Aragón y Sicilia, salió a campaña; venció en dos batallas y se apoderó de la ciudad de Rodisco, pasando a cuchillo a sus habitantes y empezando así a vengarse.

Berenguer de Entenza recobró su libertad, pero encontró ruda oposición por parte de Rocafort.

Llegó a la sazón D. Fernando, enviado por su primo Fadrique de Sicilia. Los dos jefes almogávares obedecieron a D. Fernando, pero los soldados de Rocafort asesinaron a Entenza. El infante Fernando, hecho prisionero por una escuadra francesa, fue llevado a Nápoles, y asimismo Berenguer de Rocafort, que murió de hambre en un castillo.

Los intrépidos catalanes y aragonesas, cuando se quedaron sin jefe, entraron al servicio del conde Gualter de Brena, que acababa de heredar el ducado de Atenas, y pasando a Macadonia conquistaron muchas ciudades; atravesaron las Termópilas y se dirigieron a Atenas; y como el duque, pesaroso de haberlos llamado, tratara de deshacerse de ellos, fue vencido y muerto en una refriega.

Dueños de Atenas, nombraron por capitán a Roger de Esauro y ofrecieron el ducado a don Fadrique de Sicilia, quien lo aceptó.

La conquista de los almogávares en el Oriente duró desde 1302 al 1313, perpetuándose lo adquirido en tan memorable expedición hasta el 1453, fecha en que los turcos se apoderaron de Constantinopla.

Aquel puñado de valientes, cercados de innumerables enemigos, víctimas a cada paso de traiciones, engaños y celadas, realizaron hechos que parecen sueños fantásticos e inverosímiles, leyendas que acreditan el incomparable vigor de nuestra raza, movida por los altos ideales de los que hoy se ve privada.

Cronistas de la Expedición de catalanes y aragoneses al Oriente fueron D. Guillermo Moncada y el almogávar Ramón Muntaner, soldado e historiador de estas hazañas.



Texto: Almanaque Bailly-Bailliere. Madrid, 1914


aun2014 
   


El Deán (2)

    Salí del hotel afrontando el frío de la mañana y subiendo por la calle del Salvador desemboqué en la plaza del Torico, que andando el tiempo se habría de llamar de Carlos Castel. Observé a mi paso que a las puertas de muchas había sillas arrimadas junto al quicio, lo que me produjo gran extrañeza; y como yo me siento inquieto enormemente ante lo enigmático, abordé a un barrendero que con suaves caricias de escobón trataba de adecentar la calle.

    - ¡Otra! -exclamó el abordado con acento típicamente aragonés- ¿Es que no sabe usted que hay gripe?

    - ¿Y eso qué tiene que ver? -repliqué asombrado.

    - Pues sí tiene que ver -y me explicó-, Como hay mucha gripe no se avisa al médico y éste sale de su casa y entra en todas las que tienen una silla a la puerta, que es señal de que allí hay un enfermo, pero si vé que la silla está tumbada, ya no entra.

    - Claro - creí comprender-, Eso será señal de que el enfermo ha mejorado.

    - Cá. No señor. Ésa, es la señal de que el enfermo las ha llao.

    Seguí adelante algo atemorizado, tapándome la boca con mi pañuelo, cada vez que pasaba por una casa con silla a la puerta.

    La plaza del Torico es un triángulo isósceles, orientada al poniente, se cierra por dos buenos edificios, el del Banco de Aragón y el de los Almacenes Ferrán. Los lados forman porches adintelados, que rematan en el vértice del Tozal. En medio de la plaza hay una gran fuente circular de cuyo centro emerge una columna con pretensiones dóricas, sustentando sobre el capitel al torico, pequeña figura de bronce de aspecto insolente y retador. Es la representación del tótem o genio epónimo de los turboletas, enemigos de los sabuntinos y que fueron los antecesores de los turolenses actuales, según dicen.

    Del lado derecho del triángulo, arranca la cuesta de San Pedro, promediada la cual y frente a la iglesia de esta dedicación, en la que se sitúa la dramática escena de la muerte de los Amantes, está la Escuela Normal, alojada en un caserón que debió pertenecer a algún ricachón de los comienzos del siglo.

    A mi llegada, un bedel un tanto brusco me condujo a la Secretaría, donde estaba sentado ante la estufa, y leyendo un periódico, un sacerdote, que respondió cortésmente a mi saludo. No había nadie más en esta oficina, salvo este eclesiástico madrugador, profesor de Religión de la Escuela, y que esperaba la llamada del timbre para bajar a dar la clase. Era el Deán de la catedral, el M.I. Sr. don Antonio Buj Guillén.

    Alto, robusto sin llegar a corpulento y bien plantado. La tez morena con un rostro de facciones firmemente acusadas y el pelo discretamente entrecano. Frisaba los cincuenta años y todo su porte revelaba desenvoltura, sin mengua de dignidad; étnicamente podría clasificársele como típicamente aragonés, algo rural, como lo son, quiéranlo o no, todos los hombres de su raza.

   Don Antonio era hombre culto. Aparte su formación sacerdotal, sus conocimientos teológicos y su saber escriturario, sabía el Deán gozar de la buena música, entendía de literatura y de arte y hasta se desenvolvía con cierto garbo en el campo de las ciencias, especialmente en el de las ciencias naturales. Huía del engolamiento y de la pedantería y no tenía inconveniente en inventar un chiste, aunque fuera un poco verde, pero huyendo siempre de la chabacanería.

    Observador perspicaz y sutil, poco cuidadoso o más bien despreocupado de las hipócritas conveniencias, podía parecer para algunos como clérigo mundano, cuando en realidad no era otra cosa que un hombre sincero, que, a fuerza de serlo, traspasaba a veces los límites de la prudencia.

    Su carrera fue meteórica. Ya en el seminario destacó, aunque más por su inteligencia que por su aplicación, y en una marcha sensiblemente acelerada recorrió todo el cursus de las dignidades eclesiásticas, hasta alcanzar en brillantes oposiciones el deanato de la catedral.

    Nada extrañará si decimos que todo esto suscitó envidias más o menos larvadas y que éstas se manifestaron ya desde comienzos de su actuación como presidente del Cabildo.

    Al presentarse para presidir la primera sesión, los capitulares lo recibieron de uñas, con un silencio ofensivo, y cuando se rezaron las preces, se recitó la invocación Veni Sancti Spiritus y el Deán declaró abierta la sesión, el silencio se prolongó subrayado por una inmovilidad despectiva de los rostros. Aguardó don Antonio unos segundos y volvió a repetir la invitación con los mismos resultados y cuando reiteró la fórmula por tercera vez sin hallar mejor respuesta, se metió la mano en el bolsillo de la sotana, extrajo una baraja del mismo y colocando sobre la mesa cuatro cartas invitó:

    - Hagan juego, señores-. Y se dispuso a tallar al monte.

    Se produjo un inmenso alboroto. Unos lo tomaron a profanación, otros a burla irreverente, pero los más encajaron la broma y se dispusieron a continuar la sesión que en adelante se desarrolló normalmente.

    Pero la broma no era del todo inocente, pues aludía a una afición que era favorita de Teruel y que afectaba a todas clases sociales: la afición al juego, y de la que no estaban libres los capitulares, incluso el mismo Deán por supuesto.

     En Teruel había seis casinos o círculos. Era a causa del frío, pues cuando el termómetro marcaba los 18 o 20 bajo cero, el ocio no podía transcurrir en la calle y la gente se acogía a la calefacción de los casinos; y en cuanto por allá caía un gobernador asequible a las complacencias rentables, en todos ellos se jugaba y aun en otros tantos garitos más o menos clandestinos y hasta en casas particulares. Se decía que incluso se jugaba en el palacio episcopal y que la animadversión del Obispo contra el Deán, de la que luego hablaremos, se había originado en los codillos que don Antonio, tresillista formidable, había administrado a Su Ilustrísima.

     Esta pasión turolense por el juego le venía ya de muy antiguo, pues durante mis investigaciones en el Archivo de Protocolos encontré varios contratos de pintores para pintar mazos de cartas o barajas, la pintura de la casa, una de las cuales costaba XVIII doblenas de pan cocho, o sea tres sueldos jaquenses, equivalentes al jornal de un bracero.

     En relación con esa afición de los turolenses a "tirar de la oreja a Jorge" hallé asimismo otro curioso documento en el cual esta afición se menciona como los cuatro pecados más graves que se cometían en la ciudad. Es también del siglo XV y es tan curioso, que no resisto a la tentación de insertarlo en este lugar.

    Trátase de una denuncia de un celoso fraile predicador a los alcaldes, y dice como sigue:
       Ihs.
   Magnifícos señores: En esta cibdat se cometen quatro pecados muy gravíssimos, por los quales sabemos en la Sagrada Escritura que Dios suelo ferir al pueblo todo, e avn a los que son sinculpa, con el azote de la pestilencia. Amonestovos que los querais castigar, y fareis bueno romería.
       El primero
     Quitar el tablero de los dados y naipes, tapiando las casas publicamente donde se juegan, y luego a publico pregon sin tardanza.
        El segundo
     En esta cibdad hay dos mujeres, madre e fija, e con ambas han dormido casados y clérigos, haciendolas desterrar, Esto es verdad e non puedo más decir.
       El tercero
      En esta cibdad hay dos personas vezinos della, los quales publicamente dan a logro. Bien sabeis quien son, si poneis diligencias en lo saber.
      El cuarto
      En esta cibdad hay vn clérigo en compañía de dos legos que duermen con dos moras e con vna judia. Con diligencia todo se puede saber. Yo non puedo más desir.
      Fray Joan Ortega, Maestro y Lector.
    Aparte del juego se ve que entre los turolenses cuatrocentristas, y para ciertos menesteres, no había el prejuicio de la discriminación.

    Don Antonio no tenía enemistades entre la población, pues aparte las mezquinas envidiucas capitulares, que acallaba siempre su poderosa personalidad, todo el mundo le quería, celebraba sus ocurrencias y se gozaba en su democratismo de buena ley. Pero no podemos decir que contara con el cariño del Obispo. Este señor se llamaba don Antón de la Fuente y fue muy amigo del Padre Manjón, según he podido saber después. Hombre insignificante y mezquino de espíritu, no gozaba de la menor estimación entre sus diocesanos. La disciplina se basa en el prestigio de la autoridad, y mosén Antón, como le llamaban sus súbditos espirituales, los aragoneses, no gozaba entre éstos del menor reconocimiento a una superioridad, y especialmente entre el clero el menosprecio reflejaba la peor de las disciplinas. Mosén Antón, para sobrevalorizarse, solía hacer a veces algún alarde de autoridad; pero como lo hacía imprudentemente, de una manera torpe y a destiempo, el efecto no podía ser más desolador.

    Fuera por recelos de la destacada personalidad del Deán, o ya por lo de los codillos, era el caso que el Obispo acechaba la ocasión en que pudiera acometer a Don Antonio. Éste, como orador sagrado, era de verdadera categoría pero no desdeñaba ofrecer el regalo de su palabra cuando para ello se le requería, y aun espontáneamente, cuando se presentaba la ocasión oportuna.

    Se hizo célebre en toda España su intervención en el banquete que se dio al matador de toros, Nicanor Villalta, con motivo de habérsele concedido "la oreja de oro". Como Villalta es aragonés, y además, según creo, de la provincia de Teruel, don Antonio se sumó al homenaje y como notara cierta extrañeza entre los asistentes por la presencia de un sacerdote en aquella fiesta, en unas breves palabras que pronunció para unirse al homenaje dijo que no tenía nada de extraño el que un eclesiástico acudiera a festejar al que había obtenido la oreja de oro, pues al fin y al cabo fue San Pedro, el Príncipe de los apóstoles y piedra fundacional de la Iglesia, el primero que cortó una oreja. Creyó el Obispo que al fin se le presentaba la ocasión de humillar al Deán.

    Triduo en la catedral en honor de Santa Emerenciana, que, sin que yo sepa por qué, es la patrona de Teruel. Presencia de las autoridades y gran concurrencia de fieles. En el presbiterio al lado del Evangelio, el sitial del Obispo bajo dosel.

    Primer sermón del triduo a cargo del M.I. señor don Antonio Buj, Deán de la Santa Iglesia Catedral. Tema del sermón, la parábola del sembrador.

    Don Antonio está como siempre, brillante, sencillo y narrativo. Como el buen sembrador va esparciendo la buena semilla sobre el surco de las almas. Cómo el enemigo vierte valiéndose de las sombras de la noche, símbolo de la ignorancia, la mala simiente de la cizaña. La cizaña y el trigo crecen juntos, sin que el labrador prudente se atreva a arrancar la mala hierba que no se distingue bien de la buena, hasta tanto que no se diferencien.

    El Obispo, que a lo largo del sermón venía experimentando estremecimientos convulsivos, al llegar a este punto, se puso en pie en su sitial; engarfió con la mano izquierda el peluche de su reclinatorio y lanzando la diestra amenazante hacia el púlpito chilló:

    - ¡No, señor Deán! Ésa no es la doctrina. La convivencia del bien con el mal es siempre escandalosa: no podemos asistir como perros mudos al escándalo.

    El Deán se echó hacia atrás en el púlpito; y mirando al obispo entre irónico y compasivo, se limitó a murmurar:

    -  Tu es magister...

    Y pausadamente, sin decir nada más, descendió las escaleras del púlpito.

    Los fieles, en medio de un gran murmullo de asombro, abandonaron el templo.


       Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.



   

martes, 1 de julio de 2014

Don José María Rivera (13)

    Aparte de estas incidencias, mi vida en Teruel era una verdadera angustia ante las realidades inmediatas. Los hijos no solamente fueron creciendo, sino que, además, siguiendo el mandato bíblico, se fueron multiplicando. Me encontré de pronto con cinco, que por lo visto habría de ser mi número base; y aunque hacía equilibrios verdaderamente audaces para mantenerlos con decoro, no lo conseguía, ni aun dentro de las más estricta economía. Mis padres me mandaban veinte duros al mes para ayuda del pago de la casa. Pero como yo continuaba con mis rebeldías, agriadas por la estrechez, y éstas a veces se manifestaban en salidas de tono estrepitosos e iracundas, cuando esto sucedía suspendían el envío para hacerme entrar en razón, y no se daban cuenta de que con tal procedimiento yo perdía hasta el deseo de razonar, lo que producía cada vez mayor violencia.

    Era difícil en una población como Teruel buscarse complementos de trabajo que incrementaran los ingresos oficiales, pero no me acobardé. Una larga temporada di lecciones de taquigrafía a tres duros mensuales por alumno. Tuve que suspender las clases, porque aprendió mucha gente y uno de mis alumnos me planteó la competencia dando clases a dos duros, con lo que, como es natural, todos se fueron con él.

    Después me llamó un notario para que diera enseñanza primaria a sus hijos menores (cinco: tres niñas y dos niños), y repaso del cuarto año del bachillerato al hijo mayor. Tres horas diarias por cinco duros al mes... Pero eran cinco duros.

    Y aún junté algo más preparado muchachos para las oposiciones al Magisterio. El director de la Normal me previno de una, más que posible, probable denuncia, pues a los profesores nos estaba prohibido tal preparación; y tuve que prescindir de este ingreso. Entonces se fundó un periódico en Teruel, La Provincia y me tomaron de redactor "para todo". Había de hacer artículos, gacetillas (me especialicé en notas necrológicas) y sobre todo tener que pasarme la noche en la imprenta, para tomar taquigráficamente las conferencias telefónicas, hinchar las noticias y hacer el ajuste, para que el periódico pudiera salir a las ocho de la mañana. Hacia las cuatro de la madrugada me iba para mi casa, pisando nieve, resbalando en el hielo y con más hambre que el perro de un ciego. Pero eran veinticinco duros.

   Y también tuve que dejarlo. El periódico era propiedad de Pepe Torán, hombre inteligentísimo que me estimaba de veras; pero Torán riñó con Carlos Castel y como pretendiera hacer campaña contra éste en el periódico, yo me negué y tuve que marchar. Luego Torán y Castel se amigaron de nuevo; pero yo me quedé en la calle.

    Fueron días muy difíciles para mí, apenas podía sostenerme con el sueldo mezquino de la Escuela. El día 28 de marzo de 1925, lo recuerdo como el peor día de mi existencia. Ocho días antes había nacido mi hijo Carlos. El alumbramiento agotó la totalidad de mis recursos. Mi mujer estaba en la cama con una fiebre espantosa y Victoria, el ama de los mellizos, que se había venido con nosotros a Teruel, y que constituía toda nuestra servidumbre, se nos marchó aquella misma mañana para amontonarse con un tío que había conseguido sin mucho esfuerzo alborotarla.

    El doctor Borrajo, que vivía en nuestra misma casa, subió a ver a mi mujer y me dijo que ésta padecía mastitis, y que era necesario abrirle el pecho enseguida. Yo expuse al doctor con toda claridad la situación y él llamó a su esposa. Sofía, para que le ayudara. Me echaron de la habitación y yo marché al comedor donde los niños se apelotonaban en torno a la estufa apagada. Cuando me avisaron, regresé al lado de mi mujer, que ya habían acomodado en la cama el doctor y su mujer. Marcharon ambos y yo quedé allí solo, a la cabecera de la cama, sin saber qué hacer, completamente anonadado. En casa no había ni una sola peseta, pues por aquellos días había fallecido en Cáceres la condesa de Mayorazgo, a la que mi padre administraba, y éste se había olvidado de enviarme la exigua cantidad con la que me ayudaba para pagar la casa.

    - Papá, hay un señor... - entró uno de los mellizos.

    - ¿Cómo? -pregunté ausente.

    - Qué está aquí un señor preguntando por ti.

    Salí a mi estudio, y allí estaba don José María Rivera.

    Era éste un abogado de Teruel, presidente por entonces de la Diputación Provincial y amigo, como yo, de Carlos Castel. Conmigo tenía mucho trato por haber dado yo lección a sus hijos Pepito y Consuelo (a la que llamábamos Pepelo) para el bachillerato. Tenía un aspecto adusto, pero poseía una clara inteligencia y, sobre todo, un gran corazón.

     -¡Vamos a ver! -me dijo-. ¿Qué pasa en esta casa?

     Se lo conté haciendo un esfuerzo.

    - Eso le pasa a usted por ser decente y por proceder como verdadero Quijote. Aunque Pepe Torán ahora no es amigo mío ni de Carlos Castel, usted no ha debido nunca salirse de La Provincia. Yo le daré algún trabajo en mi despacho.

    Salí del apuro del momento y comencé a trabajar junto a don José, que me trataba como a un amigo. Yo lo pasaba estupendamente al lado de don José. No era hombre expansivo, pero sí comunicativo. Su inteligencia pausada había conseguido un equilibrio entre la agilidad valenciana y la obstinación aragonesa bastante característico de un hombre nacido en Ademuz.

    A veces tenía brusquedades impresionantes pero oportunas. Era, políticamente jefe de los conservadores de Teruel, pero solamente a esto se reducían sus aspiraciones políticas, pues aunque pudo aspirar a otros cargos de más empeño y de mayor categoría, nunca quiso separarse de su bufete de abogado que era en él lo esencial.

    - Mire usted, don José -le dijo un mozallón cierta mañana en su despacho- ahora hemos subido al poder los conservadores, y yo creo que ya es hora de que se acuerden ustedes de mí.

    - Muy bien. ¿Y qué es lo que quieres? -accedió el conservador.

    - La alcaldía.

    - ¿Qué alcaldía? ¿La de tu pueblo? De ninguna manera.

    -¿Pero por qué no? ¿Es que van ustedes a poner otra vez a Pedro el del Rodazal?

    - Yo no sé ahora se será Pedro el del Rozadal u otro. Lo que sí sé es que no serás tú.

    - ¿Pero por qué? - se obstinó el mozo.

    - Mira muchacho -concluyó don José un poco impaciente-, lo hacemos por tu bien.

    - ¿...?

    - Sí. Por tu bien. Hasta aquí solamente tu padre y yo sabemos que eres tonto. En cuanto te nombremos alcalde, se va a enterar todo el pueblo.

     Corrido y cabizbajo, el hombre abandonó el despacho refunfuñando.

    Con mi jefe recorrí la totalidad de la provincia, pues iba con frecuencia a los juzgados para informar y me llamaba para que yo me dedicara a estudiar los restos arqueológicos mientras él despachaba sus asuntos. Fui además con él a Valencia, y varias veces a Zaragoza.

    Zaragoza es una ciudad que tiene a gala haber silbado a las más grandes figuras de la escena, y yo he presenciado allí las broncas más estrepitosas en las corridas de toros. Y conste que siempre con razón, pues el público zaragozano es el público inteligente más bruto que yo he podido conocer.

    Recuerdo una tarde de toros a la que asistí, precisamente con mi jefe. Brillaba por entonces en el firmamento taurino un astro que hasta tenía el mal gusto de apoderarse Cagancho, que era uno de esos gitanazos que de cuando en cuando aparecen en los ruedos y que lo mismo derrochan arte y valor, que se dejan avasallar por el pánico y se ofuscan prefiriendo que los lleven a la cárcel antes de acercarse al toro. Cagancho, que aquella tarde había tenido la negra y que despachó a su primero a trancas y barrancas, cuando le volvió a tocar el turno (bien es verdad que se trataba de un morlaco de imponente catadura) se metió en el callejón negándose a torear. La que armó fue indescriptible, pero el torero agarrado al borde de la barrera esperaba, mirando a la presidencia, a que ésta diera orden redentora de mandarlo  a la cárcel. Y cuando ya los guardias se dirigían por el callejón a prender al diestro, saltaron del tendido dos o tres matracos que lo cogieron por el cogote, le pusieron una piedra debajo de la coleta y golpeando con otra se la arrancaron.

    También me llevó a Calamocha, que era fu feudo político, a presentar las fiestas de San Roque, donde los números fuertes consisten en el disparo de cohetes y en los "dichos" que se recitan durante la procesión del Santo. La fiesta de los cohetes en Calamocha es una de las burradas celtibéricas que se ostentan como típicas de algunos pueblos de España y en las que se pone de manifiesto la bondad de la providencia evitando catástrofes que por las características de la diversión parecían ser inevitables.

    La víspera del Santo, los mozos con las fajas llenas de cohetes se los disparan unos contra otros a media altura sobre el suelo, o bien contra las mozas que se apelotonan desafiantes en las esquinas. Dicen que en una ocasión dio un cohete en plena faja de un mozo, y que al incendiarse los que allí llevaba, voló por los aires totalmente destrozado. El hecho, en Calamocha, se niega, pues dicen que San Roque se cuida de que esto no suceda a sus fieles calamochinos.

    Lo de los "dichos" es una tradición antigua que yo he conseguido rastrear en otros pueblos de Aragón; pero son los de Calamocha los más típicos, y sin duda alguna los más antiguos.

    Sacan al Santo en unas andas portadas por cuatro mozos. El pueblo se sitúa a la derecha e izquierda de las aceras, a lo largo de todo el trayecto y, de cuando en cuando, un hombre sale al centro de la calzada encarándose con el Santo. Entonces la gente grita: "¡Dicho! ¡Dicho! ¡Dicho!. La procesión se para y el hombre recita un verso, terminado el cual suena una musiquilla y los porteadores hacen oscilar las andas en un vaivén, como si el Santo bailara.

    Los dichos tradicionales suelen ser reverentes, propiciatorios, expiatorios o imprecativos; pero éstos son los menos pues generalmente se aprovechan los dichos para la procacidad, una crítica sobre los acontecimientos del pueblo o contra las autoridades. Todos ellos son igualmente celebrados.
    Uno de los que me contaron, pues yo no lo presencié, fue el dicho del tío Cristóbal en la procesión de allá por el año 1915.

    El tío Cristóbal era un hombretón de unos cincuenta y cinco años, fuerte y fornido, que estaba casado con la tía Cecilia, que aunque estaba al borde de la menopausia, presentaba una otoñada de muy buen ver. Ya eran abuelos, pues Casilda, la hija mayor, era madre de un recio muchachote que contaba ya cerca de dos años cuando la hija anunció una nueva concepción.

    - Pues mira, maña -comentó Cristóbal-, no te des mucha prisa en tener lo que sea, no vaya a nacer el sobrino antes que el tío, porque tu madre...

    - ¿Madre también? Ave María Purísima.

    - ¡Sin pecado concebida! Pero es así.

    - Pero no es eso lo peor padre -agregó la Casilda con tono compungido- sino que también la Pilarica... se ha descuidado con el Ramón...

    -¿Pilarica también? ¡La mato! -bramó el tío Cristóbal pues Pilarica, la hija menor, era soltera.

    No la mató, naturalmente, y al poco tiempo se supo por el pueblo que todas las hembras de la casa de Cristóbal se hallaban en estado de buena esperanza, y tan sincronizadas que se esperaba el triple acontecimiento para las fiestas de San Roque. Cristóbal era hombre de buena pasta. Aguantó con firmeza, pero si cinismo, las bromas de todo el pueblo. Intervino el mosén para casar a la Pilarica con el Ramón que se avino al sacramento del matrimonio ante la amenaza de que le rompieran el del bautismo, y, efectivamente, unas semanas antes de la festividad del Santo y con pocos días de diferencia, madre e hijas aumentaron con tres inscripciones el censo de la población del Ayuntamiento calamochino.

    Como las tres mujeres estaban en cama, Cristóbal se presentó solo en la procesión. Al verlo la gente entre guiñotes de ojos y codazos subrepticios le hicieron un lugar en la acera y cuando el Santo llegó a su altura pegó un salto, se encaró con las andas y se destocó el clásico pañuelo con que a la manera aragonesa ceñía su frente, mientras que la gente, entre sorprendida y regocijada gritaba:

    - ¡Dicho! ¡Dicho! ¡Dicho!
    Y Cristóbal, con voz firme, comenzó a recitar:
    ¡Divino Patrón San Roque!
    Conmigo estás bien cumplido,
    Pues por parir en mí casa,
    Hasta la mula ha parido.

    Y me afirmaron que esto último era cierto. Pues la noche anterior la mula de Cristóbal, en uno de esos casos raros de la fecundidad de un híbrido, había expelido una cría, que intrigó mucho al pueblo tratando de determinar la proporción de mestizaje.

    Que llueva, que se dé bien el azafrán, que la remolacha prospere... Todo esto se pedía y se impetraba en dichos mejor o peor medidos y rimados. Pero algunas veces se soltaban exabruptos que nada tenían que ver con San Roque, ni con las necesidades del pueblo, y que eran como la descarga de una tensión difícilmente sostenida.

     Uno de éstos lo presencié yo. Pido perdón por ello, pero no me resisto a transcribirlo.

    Había sido un año catastrófico para la agricultura. Las heladas y, sobre todo, una pertinaz sequía, tenía abrasados los campos. Toda la esperanza se cifraba en que lloviera para que se salvaran las patatas, lo único que todavía no se había perdido, y efectivamente, en un atardecer, próximo a la fiesta de San Roque, una tormenta descargó torrentes de agua sobre los campos abrasados.

    Un viejo labrador que veía caer el agua, mirando al cielo y oscilando la cabeza soltó una imprecación.

    - ¡Rediós qué agüica! para ser repartida por una persona de conocimiento.

    Pero amainó el temporal; el agua comenzó a caer mansamente y empapó los campos.

    Llegó la fiesta de San Roque. Atronaron los cohetes más que de ordinario pues la gente estaba regocijada ante la esperanza de la salvación de los campos. Corrieron las rondallas y con ellas el vino y el día de la procesión, un hombre, como en otra ocasión el tío Cristóbal, se lanzó al centro de la calzada y entre los gritos de ¡Dicho! ¡Dicho! ¡Dicho!, tras la invocación del Divino Patrón San Roque, recitó:

    Ya se creían los ricos
    Que nos moríamos los pobres
    En cogiendo las patatas
    Que nos toquen los cojones.

    Don José tenía una afición, o si se quiere un vicio, que ere, como sabemos, común a todos los turolenses. A don José le gustaba el juego. No le aprisionaba esta afición, pues sabía lo que podía ganar y tenía bien calculado hasta dónde podía perder, pero no desdeñaba ocasión, si ésta se presentaba, de echar unas manitas al folfo o de pases al bacarrat.

    Una noche salimos algo tarde del casino. Se le habían dado bien tres o cuatro barajas y él era lo suficientemente caballero para no levantarse con ganancia. Salimos, pues del casino tras la última baraja, y nos encaminamos a su casa, pues teníamos que ordenar algunos papeles.

    En el antedespacho esperaba un hombre.

    - ¡Qué haces aquí a estas horas Buque? -preguntó don José extrañado.

    - Tengo que hablarle es urgente.

    Yo hice ademán de retirarme, pero el hombre me retuvo.

    - Quédese -dijo- Me da igual.

    - Pasa muchacho -invitó don José y al ver como venía, demudado, agitadísimo y manchado de sangre, le preguntó- ¿qué es lo que te pasa? ¿Vienes herido?

    - No, señor. Acabo de matar a uno, ahí a la vuelta, en riña. Vengo a que usted me aconseje.

    - Pues lo que tienes que hacer ahora mismo es ir a entregarte.

    - Es que estábamos solos los dos. No me ha visto nadie. Puedo huir. Tengo dinero.

   - Eso yo no te lo puedo aconsejar. Seguramente ya te están buscando y es mejor que te presentes antes de que te encuentren.

    - Y si huyo ¿me denunciaría?

   - No digas tonterías. Mira... Anda. No quiero contestarte. Preséntate, pero sin perder un minuto.

    Me echarán a presidio para toda la vida.

    - Eso ya lo veremos -contestó el abogado deseoso de terminar cuanto antes aquella conversación-, además que del presidio antes o después se vuelve. El que no vuelve es ése que has dejado tumbado ahí en la calle.

    El mozo se entregó y don José se encargó de su defensa. Fuimos dos o tres veces a verlo a la cárcel y la impresión de don José era francamente pesimista. Una tarde estábamos abriendo el correo y al rasgar un sobre, le dije al jefe:

    - Aquí tiene usted un anónimo.

    Se lo alargué, lo leyó, y estrujando el papel con la mano, hizo con él una bola y lo tiró a la papelera.

     - ¡Qué frío es usted! ¿No le impresiona?

    - A mí no me impresionan los anónimos y éste menos que ninguno. ¿Se ha fijado usted lo que dice?-. Se inclinó, redimió de la papelera la bola de papel que había arrojado, la alisó sobre la mesa y leyó:

    - Aquí dice: "Si usted saca libre al Buque le partimos el corazón". Como ve usted puedo estar tranquilo, pues el Buque no tiene encima menos de veinte años de presidio, aunque lo defienda el propio Justiniano. ¡Ande! Vamos al restaurante de la Estación a bebernos una cerveza.


    Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.