miércoles, 1 de octubre de 2014

BONET, el primer coche a motor construido en España

   El ingeniero don Francisco Bonet Dalmau, fabricante textil y gran aficionado a la mecánica estuvo en 1889 visitando la Exposición Universal de París, y entusiasmado por los vehículos de propulsión mecánica que en la Ville Lumiére, acababan de nacer, concibió el proyecto de construirse uno propio, con esta finalidad adquirió entre otros un motor de explosión interna de dos caballos y medio de fuerza, marca Panhard & Levassor, fabricado por Gottlieb Daimler, fundador de la fábrica de automóviles Mercedes.
   A su regreso a España, y ya en Barcelona, en su fábrica de géneros de punto de la calle de la Diputación, Bonet ayudado por un mecánico construyó un bastidor al que acopló tres ruedas de carro cuyas llantas fueron revestidas de goma maciza. Siendo la rueda trasera la motriz, activada por una correa sinfín que iba de la polea al árbol del motor. Las ruedas delanteras eran directrices y se movían mediante un sistema de articulación por medio de un manillar sujeto al salpicadero, y una especie de radiador situado delante del cárter del motor completaba aquel artefacto.




   El día 12 de diciembre de 1889, con el número de registro 10.313, Bonet presentó la memoria descriptiva del vehículo (en los planos iniciales el vehículo a construir tenía cuatro ruedas y trasmisión por cadena y diferencial) por el que se le concedió patente de invención por veinte años, el día 15 de enero de 1890.

                                                                                                                                      A. U. N.

La aventura de Ademuz (12)

   Nunca perdí el contacto con Madrid. Me escribía con don Manuel, con don Elías y con los compañeros del Centro de Estudios Históricos. A pesar de mi necesidad imperiosa de hacer por la vida, no había abandonado la investigación, y revolvía incesantemente los archivos,  acompañado por Víctor Sancho, muchacho bueno, inteligente y entusiasta, pero de un lirismo tan exaltado, que le hacía divagar y perder de vista hasta las más impresionantes realidades.

   Hice allí un estudio sobre el Establecimiento de la inquisición en Teruel, otro titulado San Vicente Ferrer y las Aljamas turolenses; un estudio muy documentado y abundante en datos acerca de la Vida económica y la cuestión monetaria, y una Catalogación del Archivo histórico de la Diputación Provincial, que, que en mi opinión es el de la Antigua Comunidad de las aldeas de Teruel. Al mismo tiempo realizaba exploraciones arqueológicas que culminaron con el descubrimiento de una interesante necrópolis judaica del siglo XIII, descubrimiento este último que tuvo una cierta resonancia internacional.

   De todo esto daba cuenta a mis maestros quienes me animaban a proseguir en mis trabajos, lo que no era necesario, pues yo, por vocación muy decidida y para evadirme de las estrecheces en que vivía, me entregaba a mi labor con verdadero apasionamiento creyendo vivir otra vida mientras reconstruía el ambiente del Teruel del pasado. Durante el estudio sobre la inquisición, hasta llegué casi a identificar mi persona con la de micer Camañas, el habilidoso jurista que se opuso al establecimiento del Santo Oficio en la ciudad, derrochando argumentos y energías muy a tono con la testarudez aragonesa.

   Don Manuel se me presentó un día en Teruel inopinadamente. Llegaba lastimado, pues al subir o bajar del tren había caído, hiriéndose en la espinilla con el estribo del vagón. Lo curó el doctor Iranzo, el que después, durante la República, había de ser ministro de la Guerra, y que se encontraba en mi casa dando lección de taquigrafía con otros cuantos a los que yo aleccionaba en este arte. Don Manuel quería ir a Ademuz, porque en la fotografía de una ermita de este pueblo, había descubierto, al fondo, incrustado en un retablo barroco, un cuadro cuatrocetrista de la escuela Valenciana, que le interesaba estudiar. Me admiró su agudeza visual, pues la pintura, en la fotografía, apenas si tenía cinco milímetros en cuadro. El Rincón de Ademuz es un enclave de la provincia de Valencia, entre las de Teruel y Cuenca. Geográficamente corresponde a la de Teruel; pero políticamente pertenece a la de Valencia y en lo religioso al obispado de Segorbe. Está en la articulación de la Sierra de Javalambre con la del Sabinar que cierra el rincón por el sur, en un terreno seco montuoso; pero al cual, el Turia, que lo atraviesa de norte a sur, forma una vega feracísima, con extensas huertas de muy buenos frutales. Mi jefe, don José María Rivera, natural de Ademuz, donde tenía familia y algunas propiedades, nos dijo que teníamos que hacer el viaje. Había que recorrer más de cuarenta kilómetros en diligencia y muy de mañana salimos de Teruel en un coche al que arrastraban fatigosamente dos mulas esqueléticas, siendo de maravilla ver cómo corrían aquellos animalitos a pesar de su escuálido porte.

   A las tres de la tarde llegamos a Ademuz y después de buscar posada para pasar la noche, nos encaminamos a la ermita, que estaba en el valle, a las afueras del pueblo; ermita que llevaba por título "La Virgen de la Huerta". La pintura era preciosa y justificaba por completo el madrugón y el traqueteo del coche, que nos había dejado los huesos bien molidos. Don Manuel hizo su estudio, me dio algunas explicaciones y luego me advirtió:

   - Esto se pierde.

   - ¿Por qué?

   - Suba aquí y verá. Encima mismo del cuadro cae un goterón, que viene sin duda alguna de esa grieta que está en la bóveda del ábside. Como el cuadro está pintado al temple el agua lo borrará todo.

   - Valdría la pena hacer algo por evitarlo ¿no le parece?

   - Clara que sí -afirmó el maestro-. Pero ya sabe usted lo que son estas cosas. La ermita está amenazando con hundirse por esta parte y mientras se resuelve el papeleo es seguro que se consuma la ruina. Lo más urgente es que se arranque la pintura del retablo; lo que además tendría la ventaja de que la veamos completa, pues tiene ocultos más de treinta centímetros por arriba y seguramente otros treinta por abajo. Si usted consigue permiso del Obispo para arrancarla y trasladarla a la parroquia, será la única manera de salvarla.

   Recogimos nuestros bártulos y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, que tiene una topografía accidentadísima, pues está construido en la ladera de una colina y las calles se alinean escalonadamente, como si fueran bancales. Era Martes de Carnaval y las calles estaban llenas de mascarones grotescos, monstruosos y a veces repugnantes. Predominaba entre estos disfraces uno consistente en un colchón lleno de paja. El disfrazado, metido dentro del colchón, asomaba la cabeza por la parte superior y los pies por debajo, y como no podía moverse, llevaba atadas unas sogas de torno, de las que tiraban por los cabos unos cuantos muchachos. Así vimos media docena.

   - Pues sí que es una diversión, ¡Jinojo! -exclamó mi maestro.

   - Desde luego -asentí. Pero siempre me han parecido así todas las cosas del Carnaval.

   La mayor parte de los hombres que andaban por el pueblo, disfrazados o no, estaban borrachos, y como habían notado presencia de forasteros, yo, temiéndome algún desmán, arrastré a la posada a mi maestro, donde nos dieron muy bien de cenar y nos acostamos enseguida. Estábamos en realidad muy cansados y nos esperaba otro madrugón al día siguiente para emprender el regreso.

   A la mañana siguiente tomamos el mismo coche y yo creo que tirado por las mismas mulas. Hacía mucho frío, pero don Manuel se obstinó en que hiciéramos el viaje en el pescante, abrigados las piernas y los pies con una manta un tanto pringosa que nos cedió el cochero.

   Desde la carretera, hacia el este, divisamos un pueblo tan grande como Ademuz.

   - Es Vallanca -nos informó el cochero.

   - Ese pueblo es muy notable -dije a don Manuel- en él hay un cura que descasa a las gentes.

   - ¿Cómo es eso?

   - Sí; me lo contó mi jefe en Teruel. Dicen que no hace inscripciones en el Libro de Matrimonios de la parroquia sino cuando le avisan que va a tener visita pastoral; y si entre tanto los que se han casado desde la última visita se llevan mal los lleva a la iglesia y los descasa.

   - Eso será cuento -comentó don Manuel.

   - No crea usted -intervino el cochero- ese cura era muy raro.

   - ¿Dice usted era? -intervine yo- ¿es que ha muerto?

   - ¡Ca! No señor, es que ya no está en el pueblo. Se ha casado y se ha ido a Valencia.

   - ¿Que el cura se ha casado?

   - Si señor. Con una señora de Valencia que tiene una confitería.

   No quisimos más explicaciones, pues por la forma como el cochero contaba todas estas cosas se veía que para él todo aquello era lo más natural del mundo.

   Aquella excursión con don Manuel trajo para mí consecuencias que por muy poco no derivaron en tragedia. No me olvidé, ni mucho menos, de la advertencia que me hizo el maestro sobre la segura pérdida del cuadro si continuaba expuesto a la acción de la gotera que caía encima y escribí al Obispo de Segorbe exponiéndole el caso. El Obispo me contestó diciéndome que autorizaba el traslado, siempre que lo hiciera personalmente yo, para lo cual habría de ponerme de acuerdo con el cura párroco de Ademuz.

   Así lo hice y un día de primavera, como quien va de romería, con mi mujer y los niños y acompañados por el pintor Salvador Gisbert, en un auto nos trasladamos a Ademuz. En la ermita nos esperaba el cura, e inmediatamente comenzamos nuestro trabajo.

   Yo tengo un sentido especial, indefinido e indescriptible para ventear los peligros. He comprobado su existencia en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mis andanzas por los pueblos, y aquella tarde comencé a sentir una inquietud que me hacía apresurarme a pesar de la delicadeza que requería el trabajo que estaba realizando. Allí ocurría algo raro que yo no acertaba a discernir. Pasaban y pasaban mujerucas por delante de la ermita; miraban desde la puerta y se alejaban en silencio, para pasar y repasar otra y otra vez, acompañadas por un hombre.

   Ya teníamos desclavado el cuadro del retablo y Gisbert procedía a realizar una sumaria limpieza con gran cuidado, pues la pintura se desprendía en las partes sobre las que había actuado la gotera, cuando una mujer se precipitó violentamente dentro de la ermita gritando.

   - ¡Ay la mare de Deu! ¡Que te sacan de tu casa!

   El cura trató de calmarla, explicándole que la llevábamos a la parroquia porque la ermita estaba ruinosa y el cuadro se estaba arruinando a causa del agua que entraba por las grietas. La mujer no se convenció y salió de la ermita lanzando improperios y amenazas.

   - Quieren llevarla a la parroquia -vociferaba aquella mujer -para robársela al pueblo, porque la parroquia es del cura y la ermita es del pueblo
.
   Y tras esta interpretación tan original de la jurisdicción eclesiástica, la mujer se adentró por las calles del pueblo vociferando.

   Al poco tiempo comenzaron a formarse grupos hostiles en torno de la ermita; y cuando nosotros, ya con el cuadro preparado y envuelto en unas colchas lo llevábamos a la iglesia, por todas las esquinas iban apareciendo hombres y mujeres haciendo ademanes poco tranquilizadores.

   Mi mujer y los niños habían marchado a la casa del cura, que quería obsequiarnos con una merienda, y nosotros acudimos allí después de haber dejado el cuadro colocado en la parroquia.

   Los síntomas de motín se hacían cada vez más sensibles y dos o tres veces insté a mi mujer para que nos marchásemos; pero ella lo estaba pasando bien y los niños, en grande, correteaban por la huerta. Yo, por no asustarlos, no me atrevía a advertirles del peligro. Gisbert, como era sordo no se enteraba de nada y seguía comiendo rajas de chorizo con una parsimonia desesperante.

   A media merienda se presentó el chófer diciéndome muy agitado:

   - Don Antonio, el pueblo está muy alborotado y yo he tenido que esconder el coche, pues hablaban de quemarlo. Dicen que han descolgado el cuadro porque sabían que tenía detrás muchas hojas de oro y que se las llevan ustedes escondidas entre las mantillas del pequeño. Creo que debemos de marchar inmediatamente. Yo tengo el coche a la salida de la huerta, al final de la calleja.

   Sin hacer caso a las seguridades que me daba el cura de que no podía pasar nada, pues aquel pueblo era muy pacífico, muy bueno y muy tranquilo, pues sé muy bien cómo son los pueblos buenos, pacíficos y tranquilos cuando se ponen burros, ordené la partida inmediata. Y  aquello fue muy a tiempo, pues cuando llegamos al coche, ya bajaban por las callejuelas grupos de mozallones armados con palos y dando toda clase de gritos.

   Arrancamos apresuradamente, pero aún zumbaron tras nosotros tres o cuatro piedras de las que lanzaron aquellos bárbaros.

   Según nos dijeron, el motín que se formó allí aquella noche fue espantoso. Obligaron al cura a bajar el cuadro nuevamente a la ermita, y aún tuvo que acudir la Guardia Civil de los contornos para sosegar, por las buenas o por las malas, a aquella gente.

   A los dos días, el delegado gubernativo de Chiva, un comandante que tenía fama de muy malas pulgas, se presentó en mi casa de Teruel para informarme de lo ocurrido, y después de escucharme dijo:

   - No se preocupe usted. A esos los meto yo en cintura. Ahí hay algo más que lo del cuadro.
   Y se marchó sin quererme dar más explicaciones.

   Me enteré de que, efectivamente, marchó a Ademuz. Supo por la Guardia Civil quiénes habían sido los más alborotadores; escogió a cuatro de éstos, los más significativos, y los obligó a que lo acompañaran para volver el cuadro a la parroquia, lo que hicieron a través de las calles desiertas y con las puertas y ventanas cerradas. Al llegar a la iglesia, y después de colocar el cuadro sobre un altar, el comandante dijo al cabo de la Guardia Civil que le había acompañado en el retorno:

   - Llévese usted a estos al cuartelillo y que los conviden.

   Creo que, efectivamente, los convidaron.

   Más tarde fue a visitarme el maestro de Ademuz, un muchacho que había sido alumno mío en la Normal de Teruel. Me informó que en aquel pueblo pasaban cosas muy raras y que lo del traslado del cuadro había sido nada más que un pretexto para ir contra el cura.

   - Yo llevo en el pueblo menos de un año -me dijo mi discípulo- y no he acabado de darme cuenta exacta de lo que allí pasa. Allí en todo el Rincón hay una secta extraña. Ellos se dicen espiritistas, pero lo que hacen en realidad es más bien cosa de brujería, dando culto al Diablo.

   - Hombre -objeté- déjese de cuentos. A estas alturas...

   - A estas alturas y aunque usted no lo crea - me explicó con absoluta convicción-. Usted no sabe lo supersticiosa que es aquella gente. Los espiritistas celebran reuniones en las ruinas del castillo. Es a lo que ellos llaman "ir al círculo" y en estas reuniones invocan al Diablo, se rocían con sangre de gallina y hacen otras ceremonias repugnantes y después llaman a los espíritus de los muertos con "eso del velador". De cuando en cuando, vienen desde Valencia un hombre y una mujer, a los que llaman los Grandes Maestros, y ese día por la noche hay reunión magna de todos los iniciados.

   - ¿No será todo esto fantasía de usted?

   - No don Antonio. Eso es una cosa que allí lo sabe todo el mundo. El cura ha predicado muchos domingos sobre esto, y de ahí arranca la animadversión de los espiritistas en contra del sacerdote, animadversión de la que han conseguido contagiar a todo el pueblo. El Delegado gubernativo ha tratado también de intervenir y le dieron en respuesta una broma muy pesada.

   -¿Sí? ¿Qué hicieron?

   - Ya sabe usted que la Dictadura tiene en cierto sentido el afán de crear ambiente lírico. Pues bien, el delegado gubernativo vino a Ademuz para organizar una fiesta del árbol. En esta clase de fiestas la colaboración del maestro es indispensable; así pues escogimos el lugar, mandaron de los viveros de Valencia unos hermosísimos plantones para que los plantaran los niños y una tarde el pueblo entero y aparentemente con mucha alegría, subimos al carro, se plantaron los árboles, hubo bendición, discursos y hasta un traguillo de vino...

   Hizo el maestro una larga pausa, que se prolongó hasta que yo le insté para que siguiera.
   - ¿Y qué pasó después?

   - Pues paso... que al día siguiente el delegado gubernativo no podía salir de la posada, porque a la puerta había dos enormes haces de leña formados con todos los plantones que los niños habían plantado durante la fiesta del Árbol.

   - ¡Que brutos!

   - Sí, son muy brutos. Bueno, don Antonio. Yo traigo el encargo de invitarle a usted a una fiesta que se da en el pueblo en su honor, para desagraviarle.

   -¡¡¡No!!! -grité-. Muchas gracias. Diga a aquellos señores que le han enviado, que yo declino el honor y que no estoy agraviado.

   ¡¡¡A Ademuz, de ninguna manera!!!


    Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.




lunes, 29 de septiembre de 2014

Alcorán o Libro Verde de Teruel, Notas

    
    


Copia L. V. del Libro Verde


Ya hemos citado más de una vez en estas páginas el denominado Alcorán o Libro Verde de Teruel. Ampliaremos aquí a las alusiones expuestas que esta elección de diversos papeles, manuscritos e impresos, se formó en los comienzos del siglo XIX, recogiendo toda clase de curiosidades de distintas épocas, procedencias, categorías y solvencia científica. Había entre éstos algunos de curiosidad inestimable referentes a festejos, entrada de monarcas en Teruel, aniversarios, concesiones, memorias de guerras y motines, natalicios de príncipes, etc., etc.; pero entre estos se deslizaron algunas donosas fantasías y no pocas falsedades. En general, casi todo su curiosísimo contenido, sin un exceso de crítica, podía ser utilizado en la construcción histórica.

Este libro sufrió muchas y muy curiosas vicisitudes. Los investigadores de la pasada centuria lo tomaron como fuente muchas veces única para la historia de Teruel y fue objeto de codicias que hubieron de terminar en que un gobernador civil cargara con él y se lo llevara a Valencia, razón por la cual no lo pudo consultar Llabrés en 1882, ni tampoco Víctor Pruneda, autor de una Historia de Teruel cuyo manuscrito se conserva en el Instituto de Segunda Enseñanza.

Merced a las gestiones de Doporto, el códice volvió a Teruel y fue ampliamente utilizado en nuestras investigaciones.

En este libro, y hacia su mitad, se incluye una lista de jueces de Teruel. Su paralelismo con el códice A (llamado de las Crónicas de Teruel) es casi absoluto, en cuanto a la nómina de estos magistrados y en mucha parte en lo que se refiere a sucesos; pero antepone a una y otra un largo prólogo narrativo de la fundación de la villa, en su conquista por los adalides de Alfonso II, más una explicación harto pintoresca de la etimología del nombre de la villa, con su toro, su estrella y toda una serie de lindas puerilidades de ésas con que la erudición del barroquismo solía aderezar sucesos semejantes.

No hay para que insistir en esto. El prólogo es falso superficial y lo creemos redactado en 1620, aproximadamente, y, por Juan Yagüe de Salas, que estaba muy ducho por entonces en tales menesteres.

La copia del Libro Verde ha sido la fuente de la que se han extraído todas las nóminas posteriores, o que, cuanto menos, ha servido para completar sus informaciones, y, aparte el prólogo, del que ya dejamos enunciado todo cuanto se puede enunciar acerca de su valoración como testimonio histórico, no hay que lamentarlo demasiado, pues es bastante fiel al códice A, y su transcripción, si no puede, naturalmente, reputársela como modelo de escrupulosidad paleográfica, no tiene excesivos errores, ni los que pudieran destacársele son de demasiado bulto.


LAS EFEMERIDES TUROLENSES. Notas preliminares

Cuadernos de Historia "Jerónimo Zurita" Institución Fernando el Católico (CSIC) de la Excma. Diputación Provincial, Zaragoza, 1954

Por Antonio C. Floriano Cumbreño



aun2014




miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Dios a la vista" (10)

   En Teruel el casino es una necesidad social. El invierno era largo, y aunque el cielo estaba comúnmente despejado, el sol calentaba poco y el frío persistía, con las naturales oscilaciones, a lo largo de toda la jornada. Se hacía pues necesario refugiarse en alguna parte en las horas del ocio, pues en las calles no se podía parar.

   En los casinos se formaban peñas, cuyos componentes se aglutinaban por amistad o por simpatía, sin que importaran para nada la diversidad de profesiones o de opiniones políticas, literarias o religiosas. En esto había en Teruel un eclecticismo del que ya vimos una muestra en el claustro de la Escuela Normal.

   La peña en la que yo me enrolé a mi llegada estaba centrada en el doctor Borrajo, buen facultativo y hombre de estrepitosas simpatías y sorprendentes brusquedades. Republicano de tipo dogmático, vivía como nadie sobre la base de las afirmaciones incontrovertibles y parecía nacido para definir; pero como poseía un gran corazón, se esforzaba siempre en comprender las razones de los demás, aunque no las compartiera.

   Su conversación entretenía mucho, porque revalorizaba sus relatos con exageraciones pintorescas, tratando de dar valor de pensamientos profundos hasta a las cuestiones más triviales.

   En aquella tertulia se hablaba de todo, de lo divino y de lo humano, y no siempre con un exceso de respeto ni por lo uno ni por lo otro. A veces la discusión adquiría cierta viveza y entonces el doctor cortaba con la estrepitosidad que remataba don Gregorio Montesinos con una paradoja. Don Gregorio era un tipo notable. Catedrático del Instituto, donde explicaba Agricultura, los muchachos le querían porque en su clase se pasaba muy bien, a causa de las salidas y los chistes con los que el profesor esmaltaba sus explicaciones. Acerca de su saber en la materia que explicaba ello se había sintetizado en un gráfico que, entre otros muchos, ilustraban las paredes del retrete del Instituto.

   Decía así:

          Don Gregorio Montesinos
          Es un gran agricultor,
          Siembra nabos en su huerto
          Y le nace coliflor.

   Yo no sé si esto era verdad o simple desahogo lírico de un adolescente. Lo que sí es cierto, es que en conversaciones por mí sostenidas con don Gregorio, lo encontré muy versado en Ciencias Naturales.

   Lo que desde luego sobresalía en él era el humorista, de humor fino y de una agilidad mental realmente sorprendente. Otro ejemplar también notable era el director del Instituto, don Antonio Desbeltrán. Don Antonio vivía, literalmente, en el casino. Entraba en él a las dos de la tarde y salía a las diez de la noche para ir a cenar, regresando después de la cena para permanecer en el círculo hasta la una de la madrugada. Sus idas y venidas tenían una nota pintoresca, pues el gato del casino le había cobrado un singular cariño, y le acompañaba por la calle tanto al ir como al volver y era muy gracioso ver al director del Instituto atravesar la plaza del Torico seguido por un gato como si fuera un perro.

   Don Antonio era un poco así como un padre para el profesorado joven, que no solamente lo asesoraba en cuestiones administrativas, sino que además les adelantaba dinero cuando lo necesitaban.

   A mí no más llegar, me dijo:

   - Mira chico, el sueldo de entrada de un profesor de Escuelas Normales es una porquería y todos tenéis que pasar muchos apuros. Yo soy soltero y puedo ayudarte en cualquier apuro adelantándote algunas pesetas. Me las devolverás cuando puedas. Eso sí, me las tienes que devolver...

   - No vaya usted a hacer con don Antonio lo que conmigo ha hecho Escribano -terció en la conversación don Gregorio, que había escuchado el ofrecimiento.

   Escribano era el profesor, no sé si de Caligrafía o de Dibujo del Instituto. Era hijo de don Godofredo Escribano, un cacique desaprensivo que brujuleaba mucho por el Ministerio vendiendo caras sus influencias. El hijo se dedicaba al sableo y al chantaje. Yo lo conocía bastante bien, pues durante mi etapa de interino había tratado de extorsionarme para obligarme a aceptar los nefandos textos de Pedagogía de su padre.

   - Pues ¿qué le ha hecho a usted? -pregunté a don Gregorio.

   - Pues nada. Cuando llegó aquí hace dos años, a poco de tomar posesión, me pidió cincuenta duros y ésta es la hora en que todavía no me los ha devuelto; y ayer se me presentó con la pretensión de que le prestara otros cincuenta duros. Yo me pregunté: ¿Qué hago? ¿Se los doy? ¿No se los doy? Por fin adopté un término medio...

   - Le dio usted ciento veinticinco pesetas -dijo don Antonio.

   - No. Lo mandé a la mierda -concluyó Montesinos.

   Aquella tarde, cuando yo llegué a la tertulia, ésta estaba muy animada. Alguien había pronunciado la palabra "tabú", y Víctor Sancho se esforzaba en hacer comprender a los demás el significado de dicha palabra.

   Víctor Sancho, licenciado en Historia, y que por aquel tiempo preparaba oposiciones, era hombre de clara inteligencia, pero de tan retorcida expresión, que complicaba al exponerlas hasta las cuestiones más triviales. Su definición de "tabú" no había convencido a nadie.

   - No nos enteramos con tu explicación -dijo el doctor Borrajo, y dirigiéndose a mí me invitó: -a ver tú, ¿qué es eso de "tabú"?

   Lo ha definido bien Víctor. "tabú" es una forma superior del respeto, basado en motivos religiosos, o supersticiosos si se quiere, o en preocupaciones o temores de carácter social.

   Yo no sé si con esta definición un poco pedantesca -todas lo son, según Ortega- había definido el "tabú"; pero yo me quedé tan tranquilo; Borrajo, sin embargo, accedió:

   -¡Maño! "tabú" es todo aquello que no se puede tocar, bien por una preocupación o ya por un escrúpulo; por ejemplo, el sofá.

   Todos nos quedamos extrañados.

   - ¿El sofá? ¿Qué sofá?

   Borrajo era el médico director de la Casa de la Beneficencia de Teruel, establecimiento que, como era corriente en aquellos tiempos, contenía en sí el Hospital provincial, la Casa cuna, el Hospicio y una especie de manicomio para casos leves (un tonticomio, como diría Unamuno) que no requerían un enérgico tratamiento.

   - ¡Bueno! ¿Y qué pasa con el sofá? -preguntó uno de los contertulios.

   - En el rellano de la escalera principal de la Casa de la Beneficencia -comenzó a explicar don José- hay un sofá en el que no se sienta nadie. Es un mueble forrado de yute rameado que pretende imitar un recamado de oro. Comúnmente está defendido por una funda de cretona estampada; pero en las festividades está al descubierto y adornado en los brazos y en el respaldo por unos tapetillos de encaje, que con toda reverencia coloca sobre el mueble sor Venancia. Hace unas semanas, a causa de no sé qué ceremonia, el sofá estaba descubierto. Pasó por allí el Mamo, un pobre imbécil al qué mimaban mucho las monjas a causa de su infatigable resistencia para partir leña, y se tropezó en el rellano con la Emerenciana, otra como él y también muy utilizada en las cocinas. Los dos tontos se miraron, sintieron el reactivo de una simpatía biológica y apretadamente abrazados se lanzaron al sofá, decididos a colmar los afanes de sus instintos. Pasó por allí sor Venancia, que al contemplar la escena salió corriendo por los pasillos gritando horrorizada: ¡En el sofá! ¡En el sofá! ¡En el sofá! Dando a entender que el hecho en sí no la trastornaba; que acaso por su larga experiencia hospitalaria comprendía toda la fuerza que tienen estos impulsos primarios entre los enfermos mentales, y que para ella, lo verdaderamente nefando era que aquello hubiese ocurrido ¡en el sofá! y es que el Mamo y la Emerenciana habían violado el "tabú".

   Terminó Borrajo su relato que yo no garantizaría que fuera comprendido por todos los oyentes. Su suegro, don Miguel Vallés, un viejo maestro ultraderechista, se levantó haciendo gestos de reprobación. Yo glosé:

   - Decididamente, don José, es usted un narrador formidable. Pero siempre arrimando el ascua a su irreligiosidad.

   - ¿Y quién te ha dicho a tí que yo soy antirreligioso? -rechazó.

   - Usted no cree en Dios.

   - Tampoco eso es cierto. Yo creo en Dios. Lo que ocurre es que el concepto que yo tengo de Dios no es el que tenéis tú y la señora Damiana la del Tozal. Ese Dios que está esperando a que nos muramos para premiarnos o castigarnos en la otra vida, según que en ésta hayamos sido buenos o malos. Según mi Dios, el que aquí la hace, aquí la paga. No he visto a ningún granuja que se haya marchado sin pagar de una manera o de otra sus granujadas. Y quedarse con Dios (el mío o el vuestro) me voy de visita.

   Y se marchó dejándonos entretenidos en nuestros comentarios.

   Al poco de marchar Borrajo, se acercó a la mesa Teodoro, el conserje del casino.

   - ¿Saben ustedes lo que pasa? -dijo-. Al agujetero le han dado una paliza tremenda y lo han encontrado medio muerto debajo del puente de la Reina. Decían que tiene tres o cuatro costillas rotas y varias descalabraduras. Miren ustedes. Ahora lo traen al Hospital de la Asunción.

   - ¿Quién es? -pregunté.

   - Cómo se conoce que está usted recién llegado a la ciudad. De haber estado aquí algo más de tiempo, ya hubiera usted oído hablar de él -me dijo Montesinos-, es el agujetero, un punto no sé si catalán o valenciano, que cayó por aquí hará unos diez años y que se hizo célebre por sus trapacerías: usurero, estafador, dicen que también pederasta y ahora se dedicaba a reclutar chicas por la provincia, para surtir los prostíbulos de Valencia y Barcelona.

   - ¿Y las autoridades? -pregunté.

   - No lo podían coger, pues se escurría con mucha habilidad. Menos mal que de cuando en cuando aparecía como ahora, con una buena paliza encima. Ésta es la tercera vez que le pegan. Y lo curioso es que nunca se sabe quién se las da.

   - Yo sí lo sé -dijo don Antonio Desbeltrán.

   - ¿Si? ¿Quién es?

   - El Dios de Borrajo -respondió don Antonio con una convicción absoluta.


  Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.


    

martes, 23 de septiembre de 2014

Alcorán o Libro Verde de Teruel, Indice












   "ALCORÁN o LIBRO VERDE de TERUEL"
   Documento manuscrito e impreso (1)
  

El indice de los eventos se añadió cuando se formó el códice (se observa numeración de imprenta folio I: C. 9427947, folio II: 9427949, folio: III: 9427950 y folio IV: C. 9427948) con diversos papeles, manuscritos e impresos. (1) Los folios 61 a 68 de imprenta [Con licencia: En Zaragoza. Año de 1679.].


   Signatura: Concejo_36 _ 3. AHPTE



aun2014



Martín el Bulero


MARTÍN EL BULERO


Un recién nacido a las puertas de un viejo monasterio benedictino  en un recóndito paraje del Mediodía francés en el siglo XIII. Nada nuevo en aquella época. Así comienza la historia de Martín y la primera novela de La Crónica de San Rogelio de Beucaire; donde el nuevo abad, Prudencio de Mesina, pretende convertir el viejo monasterio en el monasterio más poderoso de la Cristiandad. Y para ello el joven Martín se convertirá en elemento fundamental para la consecución de tal empresa.
En Martín, el Bulero, el casi niño Martín viaja en su primera misión a la Corte del todopoderoso rey de Aragón para entregarle……..

  
   CRÓNICA DE SAN ROGELIO DE BEUCAIRE
   MARTÍN EL BULERO
   José Carlos Utrillas

   https://www.bubok.es/


La increíble historia de Juan Buhonero

 

 LA INCREÍBLE HISTORIA DE JUAN BUHONERO

  
Esta es la historia que le podía haber ocurrido a cualquier español en la época imperial en la que las esperanzas y las frustraciones convivían en una misma sociedad. Una sociedad abierta, pendenciera con sus tercios victoriosos, cabeza de un Imperio Católico y por lo tanto Universal. Y junto a esta España rebosante de vitalidad, la vieja España secular, ramplona, silenciosa y acomplejada que mira con reticencia a todo lo que no conoce.
La misma España donde los sueños se convierten en realidad con la misma celeridad que las realidades se transforman en sueños.

La España del poeta:

“”Decir que sueño es engaño;
bien sé que despierto estoy””

Pedro Calderón de la Barca. La vida es sueño.


   Novela
   LA INCREÍBLE HISTORIA DE JUAN BUHONERO
   José Carlos Utrillas

 http://www.bubok.es/libros/221173/La-increible-historia-de-Juan-Buhonero