Revista "Amantes". Teruel, 1990
lunes, 13 de octubre de 2014
miércoles, 8 de octubre de 2014
lunes, 6 de octubre de 2014
EUCORT, el primer automóvil de serie fabricado en España
EUCORT, el primer automóvil de serie fabricado en España
Don Eusebio (Eugenio según otras fuentes) Cortés Cherto, hombre de negocios natural de Bot (Tarragona), consiguió fundar en la ciudad de Barcelona, en el mes de enero de 1945, con un capital de siete millones de pesetas, la empresa denominada Automóviles Eucort, S. A.
La gran presentación de la marca tuvo lugar en la Feria de Muestras de Barcelona en 1946. El stand de EUCORT sorprendió por presentar un vehículo hecho en España y sobre todo por que aceptaba pedidos, cuando conseguir en España un vehículo era imposible si no fuera a través buenos contactos en el Gobierno.
Los primeros coches que salieron de la factoría EUCORT, de la calle de Nápoles, 124, de Barcelona, en 1947, fueron modelos comparables a los modelos importados de análogas características. Entregando en grandes cantidades las diversas unidades de prototipos salidos de la factoría, previendo la primera etapa un plan de producción para alcanzar la cifra de 100-150 unidades diarias de los distintos tipos y modelos.
La primera producción abarcó el modelo de coche de turismo de cuatro puertas, además del coche rural (conocido como “rubia”), sin olvidar la camioneta de reparto y el coche de servicio público.
A partir de 1950 fueron mejorados con el modelo llamado Victoria, con motor de tres cilindros, 76 x 76,
de dos tiempos y de 990 c. c., como los anteriores, tenía un cambio de marchas
de tres velocidades delanteras y la trasera, destacando el modelo Victoria Avión, uno de los últimos de la marca.
También en 1950 se presentó un prototipo con una singular carrocería de
tipo monovolumen que iba destinada al servicio de taxi, pintada con los
tradicionales colores negro y amarillo de los taxis de Barcelona.
A pesar de la magnífica labor emprendida, a partir de 1950 comienzan los problemas financieros que harían que la fábrica cerrara en 1953.
A pesar de la magnífica labor emprendida, a partir de 1950 comienzan los problemas financieros que harían que la fábrica cerrara en 1953.
aun2014
sábado, 4 de octubre de 2014
Retorno (15)
No me inspiró la menor simpatía la Dictadura del general Primo de Rivera. No soy antimilitarista, al contrario admiro las virtudes castrenses cuando son auténticas y creo que el ejército, aun en la paz, puede ser buena escuela para la formación ciudadana. Pero las dictaduras no me placen y, sobre todo, me desplacen las dictaduras militares, al menos para mí, aunque tenga que reconocer que muchas veces se hacen necesarias para los demás. Esto obedece a la diferencia que yo encuentro sobre la manera de entender la disciplina entre lo civil y lo militar, pues mientras que la disciplina militar tiene como fundamento la subordinación, es decir, el acatamiento indiscutible e indiscutido (sub ordine) a un imperativo que no se discierne, y la disciplina así concebida no es otra cosa que un ciego mecanismo.
Teruel recibió la Dictadura, no con hostilidad, pero sí con prudente reserva. Los políticos antiguos se apartaron expectantes y los gobernadores tenían que echar mano de personas ni mejores ni peores que las que habían antes, pero que evidenciaban la desventaja de su absoluta inexperiencia en el manejo de los negocios, o bien recurriendo a tránsfugas de los viejos partidos que para no perder predominio se adaptaban a la nueva situación. Estos creo que fue igual en todas las provincias, pues la picaresca, tan nacional, fue siempre gala y prez de la política española.
Entre los problemas de en Teruel se presentaron a los gobernadores, fue sin duda uno de los más arduos el de la designación de las personas que habían de ocupar las alcaldías, pues nadie quería ser alcalde después de la brillante etapa de Pepe Torán, que, con despilfarro y todo, había sido fecunda en útiles realizaciones.
En los seis años largos que duró la Dictadura, se vio desfilar por la presidencia del Ayuntamiento a toda una serie de señores, desde luego la generalidad de ellos irreprochables como personas y alguno hasta prestigioso en su terreno profesional, pero totalmente inepto para el cargo, máxime en una población como Teruel que tenía el liberalismo incrustado hasta los huesos. Así entre tanteos y vacilaciones, la alcaldía fue a parar sucesivamente a manos de dos locos, don Aniceto Marqués, que llegó incluso en plena Dictadura a proclamar la República desde el balcón del Ayuntamiento y Eduardo Badenes un maníaco depresivo que incapaz de superar los problemas municipales acabó por tirarse de cabeza por el hueco de la escalera de su casa.
Yo ya había encajado e Teruel; pero mi cacereñismo irrenunciable, el haber fallecido mi padre y las llamadas de los hermanos, alarmadísimos por la situación de nuestra casa en manos de mi madre, y mi madre en manos de sus sobrinas, me hizo regresar. Solicité la cátedra de Pedagogía de la Escuela Normal de Cáceres, y aunque yo no sabía Pedagogía, como alguien me dijera que otro tanto les ocurría a todos los pedagogos españoles sin el menor escrúpulo intelectual, en un atardecer de primavera, despedido cariñosamente por amigos, compañeros y discípulos tomé el tren camino de mi pueblo natal.
Ello no fue sin pena. Atrás dejaba cariños como no los he vuelto a encontrar jamás y son muchas las noches que sueño que vuelvo a Teruel a afrontar sin miedo la vida de estrecheces y trabajos superados siempre por el calor sincero de aquellos maravillosos corazones.
Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.
El tío Benicio (14)
Nunca me he dejado invadir por la tristeza. He sentido muchas veces la pena y sobre todo las penas; pero ese estado deprimente de lo afectivo que se llama tristeza, me es desconocido. Me pasa en esto algo parecido a lo que me ocurre con el miedo: no recuerdo haberlo sentido jamás, aunque muchas veces sentí lo que yo llamo miedo racional, que es una situación de angustia ante un mal conocido, cuya proximidad se presiente. Quizá la diferencia que yo veo entre pena y tristeza, no sea otra cosa sino una sutileza dialéctica, como acaso lo es también la distinción que establezco entre miedo y temor racial; pero el caso es que en mí ni en la pena intensa ni en la tristeza, jamás perdí la capacidad de reaccionar, unas veces haciéndoles frente hasta vencerlas, otras aceptándolas con una absoluta conformidad, como algo que, por ser como es, es inútil pretender que sea de otra manera.
Ése es el secreto de mi imperturbable alegría y de mi imperturbable optimismo. No es un "no importa" o "nada importa", sino más bien un "es así" y hay que tomarlo "como es" y buscar en el "como es" el mejor asidero para conllevarlo; pues quizá el verdadero alivio para las penas esté en saber sufrirlas con reflexión, en vez de hundirse en la cobardía de la desesperanza.
En mi casa, en los tiempos difíciles, disipábamos las tinieblas de la realidad con el resplandor luminoso de la fantasía y así es como irrumpió en nuestra vida familiar la figura del tío Benicio.
Contar cuentos era uno de nuestros entretenimientos familiares. A la hora de comer (lo que había y cuando lo había, aunque gracias a Dios siempre hubo lo suficiente, aunque algo estricto) se contaban cuentos; cuentos bonitos, amables y sencillos, que yo solía bordar sobre cañamazo de algún hecho histórico, ambientando el relato con divagaciones y detalles pintorescos que mantenían el interés. No importaba mucho una rigurosa superposición del relato a la realidad histórica, salvo en la idea central; por eso la narración unas veces estaba llena de una emoción acentuadamente coloreada y otras brillantes incongruencias y de estrepitosos anacronismos, que al ser notados por los chicos, los coreaban con grandes carcajadas.
Extraía los temas además de la historia, de la Biblia, de las florecillas de San Francisco, que estos últimos eran los que más gustaban. Procuraba cuidadosamente no caer en la pedantería de aleccionar ni sacar consecuencias morales. Allí de lo que se trataba era de entretener, de divertir y, de paso, evitar que los muchachos armaran ruido en la mesa. Un cuento no era el tema para un solo día, solía durar mucho, y así la historia de José me dió materia para tres semanas, pues sólo en la descripción de las plagas de Egipto empleé siete días, a día por plaga; la leyenda de la Virgen de Guadalupe nos entretuvo casi tres meses y no recuerdo cuánto tiempo anduvimos a vueltas con la Historia del Mio Cid. Mis hijos, cinco a la sazón, se entusiasmaban y a veces se emocionaban hasta el borde de las lágrimas; pero esto yo trataba de evitarlo, porque sé que las emociones deprimentes alteran la digestión.
Al sentarnos a la mesa, uno de los chicos solía decir:
- Papá: ¡Sigue!
- ¿Por dónde íbamos? -preguntaba yo.
- Nos quedamos cuando las vacas flacas eran ya tan flacas, que solamente se les veían los cuernos
.
Y así enlazaba el relato con el día anterior.
A veces la lección se hacía inevitable, como ocurrió durante el cuento de la Virgen de Guadalupe.
- Sigue, papá - invitó uno de los críos según costumbre.
- ¿Por dónde íbamos? -pregunté.
- Íbamos cuando el perro del vaquero se encontró la vaca muerta.
- ¿Cómo se llamaba el perro?
- Se llamaba Temerón y era un mastín grande y peludo, que era muy valiente luchando con los lobos. Llevaba el cuello un collar ancho lleno de puntas muy afiladas...
-¿Cómo se llama ese collar, papá? -inquiere uno de ellos.
- Se llama carlanca.
- Pues tú dijiste ayer que se llamaba carranca.
- Así es como lo llaman los pastores por Cáceres, pero su verdadero nombre es carlanca.
- Es igual -aducía impaciente- tú, sigue.
Por aquellos días se había acabado un cuento y los muchachos me instaban a que empezara otro. Yo no estaba de humor y trataba de eludir el encargo. Pero los chicos insistían.
- ¿Qué cuento queréis que os cuente? -rechacé fastidiado.
- Cualquiera. Mejor uno tuyo.
- Como no queráis que os cuente el de mi tío Benicio... -les dije por decir algo y sin saber siquiera lo que decía.
- Pues ése mismo -aceptaron los chicos.
Tío Benicio fue una creación espontánea, repentina e inesperada de mi imaginación. Yo había pronunciado ese nombre como podía haber expresado otro cualquiera, y, sin embargo, desde aquel mismo momento dejó de ser meramente pensado, para convertirse en una personalidad con existencia casi real, encarnada en una corporeidad extraordinaria.
- Tío Benicio era -dije dejándome arrastrar por la imaginación- tío mío, pariente más o menos lejano de mi padre que siendo muy niño emigró a las tierras de América, a Venezuela...
Todo punto de partida implica el movimiento inicial de un itinerario, de un camino a recorrer, y yo ya me sentía obligado a recorrer el camino iniciado con la creación de un ser que por el solo hecho de haber sido imaginado, ya tenía una indestructible forma de realidad.
Resolví seguir adelante.
No tenía que cavilar mucho para encontrar escenario donde situar la acción pues tenía reciente la lectura de Doña Bárbara y Rómulo Gallegos me proporcionaba el mejor que se pudiera apetecer como sostén de mi fantasía.
Tío Benicio había emigrado siendo muchacho a América, metiéndose como polizón en un barco holandés. Lo descubrieron y en vez de desembarcarlo en el primer puerto en que tocara el barco, lo pusieron a trabajar con los demás marineros de los que conquistó la simpatía enseñándoles a torear y a cantar flamenco. Lo desembarcaron en Venezuela, metiéndole en el bolsillo una cantidad de dinero que le dio el capitán del barco, acrecentada con una aportación que hicieron los marineros. Pasó en los primero tiempos toda clase de trabajos y penalidades hasta caer en la estancia de una viuda riquísima que se enamoró de él y con la que terminó casándose; y como la viuda también se murió dejándole todo su capital y sus posesiones a tío Benicio, éste, hombre riquísimo, nos lo había dejado todo a nosotros, pues había muerto en Caracas haría unas tres semanas.
Los muchachos sabían que todo esto era un cuento; pero se identificaron de tal manera con el relato, que ya se veían corriendo por la sabana tras los rebaños de los caballos salvajes, junto a los pozos de petróleo, remontando el Amazonas para matar caimanes o luchando con los indios que invadían nuestra propiedad para robarnos el ganado.
Tenían mis hijos un amigo, que se llamaba Pedro, hijo del oficial mayor del Ayuntamiento, y a Pedro le contaron lo de la herencia de tío Benicio; Pedro se la contó a su madre, ésta a su esposo el cual lo contó en el Ayuntamiento, y en menos de una semana todo Teruel estaba lleno de la noticia de la cuantiosa herencia que Floriano había de recibir de un tío riquísimo fallecido en América. El director del Banco de Aragón se me ofreció para todas las operaciones que tuviera que hacer para el traslado o inversión del capital y mi jefe don José María Rivera, hasta se me enfadó un tanto, porque creía que yo se lo ocultaba.
Contar cuentos era uno de nuestros entretenimientos familiares. A la hora de comer (lo que había y cuando lo había, aunque gracias a Dios siempre hubo lo suficiente, aunque algo estricto) se contaban cuentos; cuentos bonitos, amables y sencillos, que yo solía bordar sobre cañamazo de algún hecho histórico, ambientando el relato con divagaciones y detalles pintorescos que mantenían el interés. No importaba mucho una rigurosa superposición del relato a la realidad histórica, salvo en la idea central; por eso la narración unas veces estaba llena de una emoción acentuadamente coloreada y otras brillantes incongruencias y de estrepitosos anacronismos, que al ser notados por los chicos, los coreaban con grandes carcajadas.
Extraía los temas además de la historia, de la Biblia, de las florecillas de San Francisco, que estos últimos eran los que más gustaban. Procuraba cuidadosamente no caer en la pedantería de aleccionar ni sacar consecuencias morales. Allí de lo que se trataba era de entretener, de divertir y, de paso, evitar que los muchachos armaran ruido en la mesa. Un cuento no era el tema para un solo día, solía durar mucho, y así la historia de José me dió materia para tres semanas, pues sólo en la descripción de las plagas de Egipto empleé siete días, a día por plaga; la leyenda de la Virgen de Guadalupe nos entretuvo casi tres meses y no recuerdo cuánto tiempo anduvimos a vueltas con la Historia del Mio Cid. Mis hijos, cinco a la sazón, se entusiasmaban y a veces se emocionaban hasta el borde de las lágrimas; pero esto yo trataba de evitarlo, porque sé que las emociones deprimentes alteran la digestión.
Al sentarnos a la mesa, uno de los chicos solía decir:
- Papá: ¡Sigue!
- ¿Por dónde íbamos? -preguntaba yo.
- Nos quedamos cuando las vacas flacas eran ya tan flacas, que solamente se les veían los cuernos
.
Y así enlazaba el relato con el día anterior.
A veces la lección se hacía inevitable, como ocurrió durante el cuento de la Virgen de Guadalupe.
- Sigue, papá - invitó uno de los críos según costumbre.
- ¿Por dónde íbamos? -pregunté.
- Íbamos cuando el perro del vaquero se encontró la vaca muerta.
- ¿Cómo se llamaba el perro?
- Se llamaba Temerón y era un mastín grande y peludo, que era muy valiente luchando con los lobos. Llevaba el cuello un collar ancho lleno de puntas muy afiladas...
-¿Cómo se llama ese collar, papá? -inquiere uno de ellos.
- Se llama carlanca.
- Pues tú dijiste ayer que se llamaba carranca.
- Así es como lo llaman los pastores por Cáceres, pero su verdadero nombre es carlanca.
- Es igual -aducía impaciente- tú, sigue.
Por aquellos días se había acabado un cuento y los muchachos me instaban a que empezara otro. Yo no estaba de humor y trataba de eludir el encargo. Pero los chicos insistían.
- ¿Qué cuento queréis que os cuente? -rechacé fastidiado.
- Cualquiera. Mejor uno tuyo.
- Como no queráis que os cuente el de mi tío Benicio... -les dije por decir algo y sin saber siquiera lo que decía.
- Pues ése mismo -aceptaron los chicos.
Tío Benicio fue una creación espontánea, repentina e inesperada de mi imaginación. Yo había pronunciado ese nombre como podía haber expresado otro cualquiera, y, sin embargo, desde aquel mismo momento dejó de ser meramente pensado, para convertirse en una personalidad con existencia casi real, encarnada en una corporeidad extraordinaria.
- Tío Benicio era -dije dejándome arrastrar por la imaginación- tío mío, pariente más o menos lejano de mi padre que siendo muy niño emigró a las tierras de América, a Venezuela...
Todo punto de partida implica el movimiento inicial de un itinerario, de un camino a recorrer, y yo ya me sentía obligado a recorrer el camino iniciado con la creación de un ser que por el solo hecho de haber sido imaginado, ya tenía una indestructible forma de realidad.
Resolví seguir adelante.
No tenía que cavilar mucho para encontrar escenario donde situar la acción pues tenía reciente la lectura de Doña Bárbara y Rómulo Gallegos me proporcionaba el mejor que se pudiera apetecer como sostén de mi fantasía.
Tío Benicio había emigrado siendo muchacho a América, metiéndose como polizón en un barco holandés. Lo descubrieron y en vez de desembarcarlo en el primer puerto en que tocara el barco, lo pusieron a trabajar con los demás marineros de los que conquistó la simpatía enseñándoles a torear y a cantar flamenco. Lo desembarcaron en Venezuela, metiéndole en el bolsillo una cantidad de dinero que le dio el capitán del barco, acrecentada con una aportación que hicieron los marineros. Pasó en los primero tiempos toda clase de trabajos y penalidades hasta caer en la estancia de una viuda riquísima que se enamoró de él y con la que terminó casándose; y como la viuda también se murió dejándole todo su capital y sus posesiones a tío Benicio, éste, hombre riquísimo, nos lo había dejado todo a nosotros, pues había muerto en Caracas haría unas tres semanas.
Los muchachos sabían que todo esto era un cuento; pero se identificaron de tal manera con el relato, que ya se veían corriendo por la sabana tras los rebaños de los caballos salvajes, junto a los pozos de petróleo, remontando el Amazonas para matar caimanes o luchando con los indios que invadían nuestra propiedad para robarnos el ganado.
Tenían mis hijos un amigo, que se llamaba Pedro, hijo del oficial mayor del Ayuntamiento, y a Pedro le contaron lo de la herencia de tío Benicio; Pedro se la contó a su madre, ésta a su esposo el cual lo contó en el Ayuntamiento, y en menos de una semana todo Teruel estaba lleno de la noticia de la cuantiosa herencia que Floriano había de recibir de un tío riquísimo fallecido en América. El director del Banco de Aragón se me ofreció para todas las operaciones que tuviera que hacer para el traslado o inversión del capital y mi jefe don José María Rivera, hasta se me enfadó un tanto, porque creía que yo se lo ocultaba.
- ¡Por Dios, don José! -le dije-, Si usted cree que es cierto lo de la herencia
¿por qué no me adelanta a cuenta veinte duros que necesito para acabar el mes?
Aquello le convenció.
Y sin embargo, tío Benicio vive entre nosotros, como la sombra de una sombra
que vaga por el hogar. Así, cuando por algo extraordinario, un premio o la
remuneración de un trabajo extraordinario hacía evidenciar cierto desahogo en
la casa, los hijos, ya mozos, solían comentar:
Es que ha venido tío Benicio?
Desde luego, es evidente, que las fuerzas de la mente dan corporeidad a lo
imaginario.
Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.
miércoles, 1 de octubre de 2014
BONET, el primer coche a motor construido en España
El ingeniero don Francisco Bonet Dalmau, fabricante textil y gran aficionado a la mecánica estuvo en 1889 visitando la Exposición Universal de París, y entusiasmado por los vehículos de propulsión mecánica que en la Ville Lumiére, acababan de nacer, concibió el proyecto de construirse uno propio, con esta finalidad adquirió entre otros un motor de explosión interna de dos caballos y medio de fuerza, marca Panhard & Levassor, fabricado por Gottlieb Daimler, fundador de la fábrica de automóviles Mercedes.
A su regreso a España, y ya en Barcelona, en su fábrica de géneros de punto de la calle de la Diputación, Bonet ayudado por un mecánico construyó un bastidor al que acopló tres ruedas de carro cuyas llantas fueron revestidas de goma maciza. Siendo la rueda trasera la motriz, activada por una correa sinfín que iba de la polea al árbol del motor. Las ruedas delanteras eran directrices y se movían mediante un sistema de articulación por medio de un manillar sujeto al salpicadero, y una especie de radiador situado delante del cárter del motor completaba aquel artefacto.
El día 12 de diciembre de 1889, con el número de registro 10.313, Bonet presentó la memoria descriptiva del vehículo (en los planos iniciales el vehículo a construir tenía cuatro ruedas y trasmisión por cadena y diferencial) por el que se le concedió patente de invención por veinte años, el día 15 de enero de 1890.
A. U. N.
La aventura de Ademuz (12)
Nunca perdí el contacto con Madrid. Me escribía con don Manuel, con don Elías y con los compañeros del Centro de Estudios Históricos. A pesar de mi necesidad imperiosa de hacer por la vida, no había abandonado la investigación, y revolvía incesantemente los archivos, acompañado por Víctor Sancho, muchacho bueno, inteligente y entusiasta, pero de un lirismo tan exaltado, que le hacía divagar y perder de vista hasta las más impresionantes realidades.
Hice allí un estudio sobre el Establecimiento de la inquisición en Teruel, otro titulado San Vicente Ferrer y las Aljamas turolenses; un estudio muy documentado y abundante en datos acerca de la Vida económica y la cuestión monetaria, y una Catalogación del Archivo histórico de la Diputación Provincial, que, que en mi opinión es el de la Antigua Comunidad de las aldeas de Teruel. Al mismo tiempo realizaba exploraciones arqueológicas que culminaron con el descubrimiento de una interesante necrópolis judaica del siglo XIII, descubrimiento este último que tuvo una cierta resonancia internacional.
De todo esto daba cuenta a mis maestros quienes me animaban a proseguir en mis trabajos, lo que no era necesario, pues yo, por vocación muy decidida y para evadirme de las estrecheces en que vivía, me entregaba a mi labor con verdadero apasionamiento creyendo vivir otra vida mientras reconstruía el ambiente del Teruel del pasado. Durante el estudio sobre la inquisición, hasta llegué casi a identificar mi persona con la de micer Camañas, el habilidoso jurista que se opuso al establecimiento del Santo Oficio en la ciudad, derrochando argumentos y energías muy a tono con la testarudez aragonesa.
Don Manuel se me presentó un día en Teruel inopinadamente. Llegaba lastimado, pues al subir o bajar del tren había caído, hiriéndose en la espinilla con el estribo del vagón. Lo curó el doctor Iranzo, el que después, durante la República, había de ser ministro de la Guerra, y que se encontraba en mi casa dando lección de taquigrafía con otros cuantos a los que yo aleccionaba en este arte. Don Manuel quería ir a Ademuz, porque en la fotografía de una ermita de este pueblo, había descubierto, al fondo, incrustado en un retablo barroco, un cuadro cuatrocetrista de la escuela Valenciana, que le interesaba estudiar. Me admiró su agudeza visual, pues la pintura, en la fotografía, apenas si tenía cinco milímetros en cuadro. El Rincón de Ademuz es un enclave de la provincia de Valencia, entre las de Teruel y Cuenca. Geográficamente corresponde a la de Teruel; pero políticamente pertenece a la de Valencia y en lo religioso al obispado de Segorbe. Está en la articulación de la Sierra de Javalambre con la del Sabinar que cierra el rincón por el sur, en un terreno seco montuoso; pero al cual, el Turia, que lo atraviesa de norte a sur, forma una vega feracísima, con extensas huertas de muy buenos frutales. Mi jefe, don José María Rivera, natural de Ademuz, donde tenía familia y algunas propiedades, nos dijo que teníamos que hacer el viaje. Había que recorrer más de cuarenta kilómetros en diligencia y muy de mañana salimos de Teruel en un coche al que arrastraban fatigosamente dos mulas esqueléticas, siendo de maravilla ver cómo corrían aquellos animalitos a pesar de su escuálido porte.
A las tres de la tarde llegamos a Ademuz y después de buscar posada para pasar la noche, nos encaminamos a la ermita, que estaba en el valle, a las afueras del pueblo; ermita que llevaba por título "La Virgen de la Huerta". La pintura era preciosa y justificaba por completo el madrugón y el traqueteo del coche, que nos había dejado los huesos bien molidos. Don Manuel hizo su estudio, me dio algunas explicaciones y luego me advirtió:
- Esto se pierde.
- ¿Por qué?
- Suba aquí y verá. Encima mismo del cuadro cae un goterón, que viene sin duda alguna de esa grieta que está en la bóveda del ábside. Como el cuadro está pintado al temple el agua lo borrará todo.
- Valdría la pena hacer algo por evitarlo ¿no le parece?
- Clara que sí -afirmó el maestro-. Pero ya sabe usted lo que son estas cosas. La ermita está amenazando con hundirse por esta parte y mientras se resuelve el papeleo es seguro que se consuma la ruina. Lo más urgente es que se arranque la pintura del retablo; lo que además tendría la ventaja de que la veamos completa, pues tiene ocultos más de treinta centímetros por arriba y seguramente otros treinta por abajo. Si usted consigue permiso del Obispo para arrancarla y trasladarla a la parroquia, será la única manera de salvarla.
Recogimos nuestros bártulos y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo, que tiene una topografía accidentadísima, pues está construido en la ladera de una colina y las calles se alinean escalonadamente, como si fueran bancales. Era Martes de Carnaval y las calles estaban llenas de mascarones grotescos, monstruosos y a veces repugnantes. Predominaba entre estos disfraces uno consistente en un colchón lleno de paja. El disfrazado, metido dentro del colchón, asomaba la cabeza por la parte superior y los pies por debajo, y como no podía moverse, llevaba atadas unas sogas de torno, de las que tiraban por los cabos unos cuantos muchachos. Así vimos media docena.
- Pues sí que es una diversión, ¡Jinojo! -exclamó mi maestro.
- Desde luego -asentí. Pero siempre me han parecido así todas las cosas del Carnaval.
La mayor parte de los hombres que andaban por el pueblo, disfrazados o no, estaban borrachos, y como habían notado presencia de forasteros, yo, temiéndome algún desmán, arrastré a la posada a mi maestro, donde nos dieron muy bien de cenar y nos acostamos enseguida. Estábamos en realidad muy cansados y nos esperaba otro madrugón al día siguiente para emprender el regreso.
A la mañana siguiente tomamos el mismo coche y yo creo que tirado por las mismas mulas. Hacía mucho frío, pero don Manuel se obstinó en que hiciéramos el viaje en el pescante, abrigados las piernas y los pies con una manta un tanto pringosa que nos cedió el cochero.
Desde la carretera, hacia el este, divisamos un pueblo tan grande como Ademuz.
- Es Vallanca -nos informó el cochero.
- Ese pueblo es muy notable -dije a don Manuel- en él hay un cura que descasa a las gentes.
- ¿Cómo es eso?
- Sí; me lo contó mi jefe en Teruel. Dicen que no hace inscripciones en el Libro de Matrimonios de la parroquia sino cuando le avisan que va a tener visita pastoral; y si entre tanto los que se han casado desde la última visita se llevan mal los lleva a la iglesia y los descasa.
- Eso será cuento -comentó don Manuel.
- No crea usted -intervino el cochero- ese cura era muy raro.
- ¿Dice usted era? -intervine yo- ¿es que ha muerto?
- ¡Ca! No señor, es que ya no está en el pueblo. Se ha casado y se ha ido a Valencia.
- ¿Que el cura se ha casado?
- Si señor. Con una señora de Valencia que tiene una confitería.
No quisimos más explicaciones, pues por la forma como el cochero contaba todas estas cosas se veía que para él todo aquello era lo más natural del mundo.
Aquella excursión con don Manuel trajo para mí consecuencias que por muy poco no derivaron en tragedia. No me olvidé, ni mucho menos, de la advertencia que me hizo el maestro sobre la segura pérdida del cuadro si continuaba expuesto a la acción de la gotera que caía encima y escribí al Obispo de Segorbe exponiéndole el caso. El Obispo me contestó diciéndome que autorizaba el traslado, siempre que lo hiciera personalmente yo, para lo cual habría de ponerme de acuerdo con el cura párroco de Ademuz.
Así lo hice y un día de primavera, como quien va de romería, con mi mujer y los niños y acompañados por el pintor Salvador Gisbert, en un auto nos trasladamos a Ademuz. En la ermita nos esperaba el cura, e inmediatamente comenzamos nuestro trabajo.
Yo tengo un sentido especial, indefinido e indescriptible para ventear los peligros. He comprobado su existencia en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mis andanzas por los pueblos, y aquella tarde comencé a sentir una inquietud que me hacía apresurarme a pesar de la delicadeza que requería el trabajo que estaba realizando. Allí ocurría algo raro que yo no acertaba a discernir. Pasaban y pasaban mujerucas por delante de la ermita; miraban desde la puerta y se alejaban en silencio, para pasar y repasar otra y otra vez, acompañadas por un hombre.
Ya teníamos desclavado el cuadro del retablo y Gisbert procedía a realizar una sumaria limpieza con gran cuidado, pues la pintura se desprendía en las partes sobre las que había actuado la gotera, cuando una mujer se precipitó violentamente dentro de la ermita gritando.
- ¡Ay la mare de Deu! ¡Que te sacan de tu casa!
El cura trató de calmarla, explicándole que la llevábamos a la parroquia porque la ermita estaba ruinosa y el cuadro se estaba arruinando a causa del agua que entraba por las grietas. La mujer no se convenció y salió de la ermita lanzando improperios y amenazas.
- Quieren llevarla a la parroquia -vociferaba aquella mujer -para robársela al pueblo, porque la parroquia es del cura y la ermita es del pueblo
.
Y tras esta interpretación tan original de la jurisdicción eclesiástica, la mujer se adentró por las calles del pueblo vociferando.
Al poco tiempo comenzaron a formarse grupos hostiles en torno de la ermita; y cuando nosotros, ya con el cuadro preparado y envuelto en unas colchas lo llevábamos a la iglesia, por todas las esquinas iban apareciendo hombres y mujeres haciendo ademanes poco tranquilizadores.
Mi mujer y los niños habían marchado a la casa del cura, que quería obsequiarnos con una merienda, y nosotros acudimos allí después de haber dejado el cuadro colocado en la parroquia.
Los síntomas de motín se hacían cada vez más sensibles y dos o tres veces insté a mi mujer para que nos marchásemos; pero ella lo estaba pasando bien y los niños, en grande, correteaban por la huerta. Yo, por no asustarlos, no me atrevía a advertirles del peligro. Gisbert, como era sordo no se enteraba de nada y seguía comiendo rajas de chorizo con una parsimonia desesperante.
A media merienda se presentó el chófer diciéndome muy agitado:
- Don Antonio, el pueblo está muy alborotado y yo he tenido que esconder el coche, pues hablaban de quemarlo. Dicen que han descolgado el cuadro porque sabían que tenía detrás muchas hojas de oro y que se las llevan ustedes escondidas entre las mantillas del pequeño. Creo que debemos de marchar inmediatamente. Yo tengo el coche a la salida de la huerta, al final de la calleja.
Sin hacer caso a las seguridades que me daba el cura de que no podía pasar nada, pues aquel pueblo era muy pacífico, muy bueno y muy tranquilo, pues sé muy bien cómo son los pueblos buenos, pacíficos y tranquilos cuando se ponen burros, ordené la partida inmediata. Y aquello fue muy a tiempo, pues cuando llegamos al coche, ya bajaban por las callejuelas grupos de mozallones armados con palos y dando toda clase de gritos.
Arrancamos apresuradamente, pero aún zumbaron tras nosotros tres o cuatro piedras de las que lanzaron aquellos bárbaros.
Según nos dijeron, el motín que se formó allí aquella noche fue espantoso. Obligaron al cura a bajar el cuadro nuevamente a la ermita, y aún tuvo que acudir la Guardia Civil de los contornos para sosegar, por las buenas o por las malas, a aquella gente.
A los dos días, el delegado gubernativo de Chiva, un comandante que tenía fama de muy malas pulgas, se presentó en mi casa de Teruel para informarme de lo ocurrido, y después de escucharme dijo:
- No se preocupe usted. A esos los meto yo en cintura. Ahí hay algo más que lo del cuadro.
Y se marchó sin quererme dar más explicaciones.
Me enteré de que, efectivamente, marchó a Ademuz. Supo por la Guardia Civil quiénes habían sido los más alborotadores; escogió a cuatro de éstos, los más significativos, y los obligó a que lo acompañaran para volver el cuadro a la parroquia, lo que hicieron a través de las calles desiertas y con las puertas y ventanas cerradas. Al llegar a la iglesia, y después de colocar el cuadro sobre un altar, el comandante dijo al cabo de la Guardia Civil que le había acompañado en el retorno:
- Llévese usted a estos al cuartelillo y que los conviden.
Creo que, efectivamente, los convidaron.
Más tarde fue a visitarme el maestro de Ademuz, un muchacho que había sido alumno mío en la Normal de Teruel. Me informó que en aquel pueblo pasaban cosas muy raras y que lo del traslado del cuadro había sido nada más que un pretexto para ir contra el cura.
- Yo llevo en el pueblo menos de un año -me dijo mi discípulo- y no he acabado de darme cuenta exacta de lo que allí pasa. Allí en todo el Rincón hay una secta extraña. Ellos se dicen espiritistas, pero lo que hacen en realidad es más bien cosa de brujería, dando culto al Diablo.
- Hombre -objeté- déjese de cuentos. A estas alturas...
- A estas alturas y aunque usted no lo crea - me explicó con absoluta convicción-. Usted no sabe lo supersticiosa que es aquella gente. Los espiritistas celebran reuniones en las ruinas del castillo. Es a lo que ellos llaman "ir al círculo" y en estas reuniones invocan al Diablo, se rocían con sangre de gallina y hacen otras ceremonias repugnantes y después llaman a los espíritus de los muertos con "eso del velador". De cuando en cuando, vienen desde Valencia un hombre y una mujer, a los que llaman los Grandes Maestros, y ese día por la noche hay reunión magna de todos los iniciados.
- ¿No será todo esto fantasía de usted?
- No don Antonio. Eso es una cosa que allí lo sabe todo el mundo. El cura ha predicado muchos domingos sobre esto, y de ahí arranca la animadversión de los espiritistas en contra del sacerdote, animadversión de la que han conseguido contagiar a todo el pueblo. El Delegado gubernativo ha tratado también de intervenir y le dieron en respuesta una broma muy pesada.
-¿Sí? ¿Qué hicieron?
- Ya sabe usted que la Dictadura tiene en cierto sentido el afán de crear ambiente lírico. Pues bien, el delegado gubernativo vino a Ademuz para organizar una fiesta del árbol. En esta clase de fiestas la colaboración del maestro es indispensable; así pues escogimos el lugar, mandaron de los viveros de Valencia unos hermosísimos plantones para que los plantaran los niños y una tarde el pueblo entero y aparentemente con mucha alegría, subimos al carro, se plantaron los árboles, hubo bendición, discursos y hasta un traguillo de vino...
Hizo el maestro una larga pausa, que se prolongó hasta que yo le insté para que siguiera.
- ¿Y qué pasó después?
- Pues paso... que al día siguiente el delegado gubernativo no podía salir de la posada, porque a la puerta había dos enormes haces de leña formados con todos los plantones que los niños habían plantado durante la fiesta del Árbol.
- ¡Que brutos!
- Sí, son muy brutos. Bueno, don Antonio. Yo traigo el encargo de invitarle a usted a una fiesta que se da en el pueblo en su honor, para desagraviarle.
-¡¡¡No!!! -grité-. Muchas gracias. Diga a aquellos señores que le han enviado, que yo declino el honor y que no estoy agraviado.
¡¡¡A Ademuz, de ninguna manera!!!
Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.
Yo tengo un sentido especial, indefinido e indescriptible para ventear los peligros. He comprobado su existencia en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mis andanzas por los pueblos, y aquella tarde comencé a sentir una inquietud que me hacía apresurarme a pesar de la delicadeza que requería el trabajo que estaba realizando. Allí ocurría algo raro que yo no acertaba a discernir. Pasaban y pasaban mujerucas por delante de la ermita; miraban desde la puerta y se alejaban en silencio, para pasar y repasar otra y otra vez, acompañadas por un hombre.
Ya teníamos desclavado el cuadro del retablo y Gisbert procedía a realizar una sumaria limpieza con gran cuidado, pues la pintura se desprendía en las partes sobre las que había actuado la gotera, cuando una mujer se precipitó violentamente dentro de la ermita gritando.
- ¡Ay la mare de Deu! ¡Que te sacan de tu casa!
El cura trató de calmarla, explicándole que la llevábamos a la parroquia porque la ermita estaba ruinosa y el cuadro se estaba arruinando a causa del agua que entraba por las grietas. La mujer no se convenció y salió de la ermita lanzando improperios y amenazas.
- Quieren llevarla a la parroquia -vociferaba aquella mujer -para robársela al pueblo, porque la parroquia es del cura y la ermita es del pueblo
.
Y tras esta interpretación tan original de la jurisdicción eclesiástica, la mujer se adentró por las calles del pueblo vociferando.
Al poco tiempo comenzaron a formarse grupos hostiles en torno de la ermita; y cuando nosotros, ya con el cuadro preparado y envuelto en unas colchas lo llevábamos a la iglesia, por todas las esquinas iban apareciendo hombres y mujeres haciendo ademanes poco tranquilizadores.
Mi mujer y los niños habían marchado a la casa del cura, que quería obsequiarnos con una merienda, y nosotros acudimos allí después de haber dejado el cuadro colocado en la parroquia.
Los síntomas de motín se hacían cada vez más sensibles y dos o tres veces insté a mi mujer para que nos marchásemos; pero ella lo estaba pasando bien y los niños, en grande, correteaban por la huerta. Yo, por no asustarlos, no me atrevía a advertirles del peligro. Gisbert, como era sordo no se enteraba de nada y seguía comiendo rajas de chorizo con una parsimonia desesperante.
A media merienda se presentó el chófer diciéndome muy agitado:
- Don Antonio, el pueblo está muy alborotado y yo he tenido que esconder el coche, pues hablaban de quemarlo. Dicen que han descolgado el cuadro porque sabían que tenía detrás muchas hojas de oro y que se las llevan ustedes escondidas entre las mantillas del pequeño. Creo que debemos de marchar inmediatamente. Yo tengo el coche a la salida de la huerta, al final de la calleja.
Sin hacer caso a las seguridades que me daba el cura de que no podía pasar nada, pues aquel pueblo era muy pacífico, muy bueno y muy tranquilo, pues sé muy bien cómo son los pueblos buenos, pacíficos y tranquilos cuando se ponen burros, ordené la partida inmediata. Y aquello fue muy a tiempo, pues cuando llegamos al coche, ya bajaban por las callejuelas grupos de mozallones armados con palos y dando toda clase de gritos.
Arrancamos apresuradamente, pero aún zumbaron tras nosotros tres o cuatro piedras de las que lanzaron aquellos bárbaros.
Según nos dijeron, el motín que se formó allí aquella noche fue espantoso. Obligaron al cura a bajar el cuadro nuevamente a la ermita, y aún tuvo que acudir la Guardia Civil de los contornos para sosegar, por las buenas o por las malas, a aquella gente.
A los dos días, el delegado gubernativo de Chiva, un comandante que tenía fama de muy malas pulgas, se presentó en mi casa de Teruel para informarme de lo ocurrido, y después de escucharme dijo:
- No se preocupe usted. A esos los meto yo en cintura. Ahí hay algo más que lo del cuadro.
Y se marchó sin quererme dar más explicaciones.
Me enteré de que, efectivamente, marchó a Ademuz. Supo por la Guardia Civil quiénes habían sido los más alborotadores; escogió a cuatro de éstos, los más significativos, y los obligó a que lo acompañaran para volver el cuadro a la parroquia, lo que hicieron a través de las calles desiertas y con las puertas y ventanas cerradas. Al llegar a la iglesia, y después de colocar el cuadro sobre un altar, el comandante dijo al cabo de la Guardia Civil que le había acompañado en el retorno:
- Llévese usted a estos al cuartelillo y que los conviden.
Creo que, efectivamente, los convidaron.
Más tarde fue a visitarme el maestro de Ademuz, un muchacho que había sido alumno mío en la Normal de Teruel. Me informó que en aquel pueblo pasaban cosas muy raras y que lo del traslado del cuadro había sido nada más que un pretexto para ir contra el cura.
- Yo llevo en el pueblo menos de un año -me dijo mi discípulo- y no he acabado de darme cuenta exacta de lo que allí pasa. Allí en todo el Rincón hay una secta extraña. Ellos se dicen espiritistas, pero lo que hacen en realidad es más bien cosa de brujería, dando culto al Diablo.
- Hombre -objeté- déjese de cuentos. A estas alturas...
- A estas alturas y aunque usted no lo crea - me explicó con absoluta convicción-. Usted no sabe lo supersticiosa que es aquella gente. Los espiritistas celebran reuniones en las ruinas del castillo. Es a lo que ellos llaman "ir al círculo" y en estas reuniones invocan al Diablo, se rocían con sangre de gallina y hacen otras ceremonias repugnantes y después llaman a los espíritus de los muertos con "eso del velador". De cuando en cuando, vienen desde Valencia un hombre y una mujer, a los que llaman los Grandes Maestros, y ese día por la noche hay reunión magna de todos los iniciados.
- ¿No será todo esto fantasía de usted?
- No don Antonio. Eso es una cosa que allí lo sabe todo el mundo. El cura ha predicado muchos domingos sobre esto, y de ahí arranca la animadversión de los espiritistas en contra del sacerdote, animadversión de la que han conseguido contagiar a todo el pueblo. El Delegado gubernativo ha tratado también de intervenir y le dieron en respuesta una broma muy pesada.
-¿Sí? ¿Qué hicieron?
- Ya sabe usted que la Dictadura tiene en cierto sentido el afán de crear ambiente lírico. Pues bien, el delegado gubernativo vino a Ademuz para organizar una fiesta del árbol. En esta clase de fiestas la colaboración del maestro es indispensable; así pues escogimos el lugar, mandaron de los viveros de Valencia unos hermosísimos plantones para que los plantaran los niños y una tarde el pueblo entero y aparentemente con mucha alegría, subimos al carro, se plantaron los árboles, hubo bendición, discursos y hasta un traguillo de vino...
Hizo el maestro una larga pausa, que se prolongó hasta que yo le insté para que siguiera.
- ¿Y qué pasó después?
- Pues paso... que al día siguiente el delegado gubernativo no podía salir de la posada, porque a la puerta había dos enormes haces de leña formados con todos los plantones que los niños habían plantado durante la fiesta del Árbol.
- ¡Que brutos!
- Sí, son muy brutos. Bueno, don Antonio. Yo traigo el encargo de invitarle a usted a una fiesta que se da en el pueblo en su honor, para desagraviarle.
-¡¡¡No!!! -grité-. Muchas gracias. Diga a aquellos señores que le han enviado, que yo declino el honor y que no estoy agraviado.
¡¡¡A Ademuz, de ninguna manera!!!
Memorias Turolenses, 1918-1928. Antonio Floriano Cumbreño.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













